Suicidio y transmutación
En un mensaje emitido el martes 9 de octubre de 2001 por la cadena de televisión Al Yasira, de Qatar, Suleimán Abu Geith, portavoz de Al Qaeda (La Base), vestido de blanco y delante de un fondo oscuro, declaró entre otras amenazas: “Los estadounidenses deben saber que la tormenta de los aviones no se detendrá. Tenemos jóvenes que buscan la muerte tanto como los americanos buscan la vida (…) Esta es una batalla decisiva entre la fe y el ateísmo.”
Tales aspavientos traen a la memoria aquella proclama de los fascistas españoles que daban vivas a la muerte. Esa tétrica y fúnebre exaltación a su vez está asociada a los desdichados legionarios que se auto denominaban “novios de la muerte”, quizá con el designio de amedrentar al enemigo: podría pensarse que aquellos a los que no intimida la Parca son más valientes y temibles en el combate.
Sin embargo, las amenazas de Suleimán Abu Geith están respaldadas por los hechos. Por los pavorosos hechos del 11 de septiembre de 2001.
Si bien es cierto que los suicidas asesinos integristas creen que su acción implica el paso de una forma de vida a otra más elevada, no deja de extrañar en ellos la aparente superación del más elemental de los instintos: el de conservación. Así, no puede dejar de considerarse la posibilidad de que un organismo viviente que busca la muerte con el mismo ahínco con el que la mayor parte de los seres vivos nos aferramos a la vida es, cuando menos, un espécimen singular en el amplio reino de la materia animada y orgánica. Ese pasmoso ente animal que se apodera de los mandos de un avión de pasajeros, o se convierte en hombre bomba, es al fin y al cabo alguien del que tal vez pudiera decirse que ha transmutado. Pero no es seguro que así sea.
Grandes cambios, pequeños cambios (1)
La transmutación es un cambio, pero no es un cambio cualquiera. El verbo transmutar, que significa convertir una cosa en otra, fue muy utilizado por los alquimistas. Ciertas escuelas esotéricas pretenden que Jesucristo transmutó en el momento de dejarse capturar por los soldados romanos. Lo habría hecho al entregar su vida, renunciando así a la voluntad que rige el instinto de conservación. Aun siendo un cambio radical y definitivo (contrariamente a la evolución, desde la que es posible involucionar), el verbo transmutar rezuma un fuerte aroma que lo emparienta con el cambio. Con la renovación. En el transcurso de la historia han surgido innúmeras propuestas destinadas a renovar la forma de ser. Propuestas formuladas por el entorno social o por el propio individuo que habrá de padecer los efectos de la supuesta modificación. Se trata de un ser humano que no parece estar del todo conforme consigo mismo, es decir, con sus atributos primarios: su temperamento, su manejo de la emotividad, su capacidad mnémica, su postura corporal, su gesticulación, sus rasgos. Puede que ni siquiera esté conforme con su dotación genética. Tampoco está conforme con los hechos y las condiciones de su existencia. Su “autoconcepto” no encaja con la conceptuación ideal que ha hecho de sí.
“Cambia tu vida”, dice el anuncio de una marca de automóvil. “Cambia tu vida”, te propone un gurú de extravagante aspecto. “Cambia tu vida”, te conmina un predicador febril, so pena de arder eternamente en caso de no hacerlo. El reclame que invita a cambiar de vida tiene más resonancia que el buen pan.
En las sociedades de escasos recursos; en los conglomerados humanos cuyos integrantes no pueden acceder al progreso material, la educación y la cultura; en los guetos étnicos castigados por la marginación; en los estados que limitan las libertades privadas y públicas, y en las naciones dominadas por otras, los individuos identifican sus limitaciones particulares con las condiciones ambientales. Quienes viven en tales circunstancias casi siempre intentan cambiar éstas en primer término, pues en los entornos de acuciante necesidad, como en las situaciones extremas y de gran peligro, deja de estar presente esa suerte de angustia difusa más conocida como “angustia existencial”, harto frecuente en el clima de bienestar y aburrimiento propio de la vida burguesa. Quienes padecen la necesidad, el hambre, la opresión o el continuo riesgo físico, no conocen el tedio y dan por sentado que la modificación de las condiciones exteriores llevará aparejado un posterior cambio de la vida personal y colectiva. Sin embargo, aun en esos contextos hay aquellos que avanzan sobre su “mundo interior”; claro que no suelen hacerlo con el orientalismo de pago, la autoayuda, la aromaterapia o el psicoanálisis “que son prácticas “decadentes” del próspero mundo occidental”, sino con la devoción religiosa. Lo cierto es que en algún momento de su vida la mayoría de la gente “ricos y pobres; agraciados y desgarbados” se ha propuesto cambiar.
También es muy corriente que algunas personas cercanas aconsejen al sujeto de su atención el emprendimiento de una vía de cambio: el cambio de unas pocas características o tal vez de lo que hace a la totalidad de su estructura psíquica. Cuando es uno mismo el que se lo propone, lo hace la más de las veces para lograr metas deseadas, para agradar a los demás, para mejorar la salud o las relaciones afectivas, para sentirse mejor. Casi con seguridad querrá cambiar para alcanzar esa entelequia llamada “felicidad”, sin discernir que la mayor felicidad es aquella cuya existencia no se percibe cuando está presente, y menos aún se pregona, por aquello de “dime qué proclamas y te diré de qué careces”.
FELICIDAD
Se ha dicho que el amor de los enamorados es un invento de la edad media tardía. En cuanto a la felicidad como ideal, tal vez se haya inventado durante el apogeo de la revolución industrial. El estado de felicidad, en todo caso, está en las antípodas de la desgracia.
“El favor y la desgracia son como el miedo; la fortuna y el desastre son como nuestro cuerpo”, dice el Tao Teh King. Otra cosa es la constreñida pose de gente feliz que interpretan algunos sectarios, para consumo externo. Lo que hoy se conoce como “felicidad”, que el filósofo Fernando Savater alguna vez ha calificado de horterada, ha pasado a ser un vocablo kitsch, más propio de consultorios sentimentales y culebrones televisivos que del honesto lenguaje de quienes procuran ser auténticos. “Kinder Sorpresa nos da / grandes momentos de felicidá”, canta el jingle de un anuncio televisivo de golosinas destinadas a los niños. Ciertos militantes “humanistas” emplean media vida en el esforzado empeño de simular que son felices. Quién sabe si es posible serlo, con tanto esfuerzo.
FELICIDAD Y SENTIMENTALIDAD KITSCH
En cuanto a las frases de estilo kitsch, como aquella que compara a una bebida gaseosa con “la chispa de la vida”, o la consigna militar que se vocifera de este modo: “¡Subordinación y valor, para servir a la Patria!”, o el saludo-consigna de cierta secta misticoide-política: “¡Paz, fuerza y alegría!”, y también la proclama de Silo en su arenga de Punta de Vacas, en 1969, “Sé fiel, no sólo fiel a tu mujer. Fiel a tus ideas y a tus principios aunque te cueste la vida.” [suprimida en las versiones impresas posteriores], todas ellas, sirven para detectar si un mensaje es auténtico o mentiroso. Aquí pueden trasladarse los criterios de dos grandes arquitectos, como fueron Hendrik Petrus Berlage y Mies van der Rohe, cuya convicción referida a una expresión “honrada” de estructura y material constituyeron sus más destacadas premisas arquitectónicas. Dicho de otro modo: la detección de elementos Kitsch en un discurso dado, nos permite determinar su grado de falsedad.
Retomemos el hilo: estábamos en el tema del cambio. Decía que la mayoría de la gente pretende cambiar para conseguir objetivos banales, o esa condición tan publicitada en el sistema capitalista y en el que se conoció como “socialismo real”, al que llaman “felicidad”. Pero rara vez se pretende cambiar para dejar de ser quien se es y convertirse en otro. Eso sería una suerte de muerte y renacimiento, una supuesta transmutación como la que tramaban los febriles alquimistas y espagíricos medievales y renacentistas. Una transformación radical de la forma mental, similar a la transmutación de los minerales; objetivo que ya puede lograr “con enorme costo” la moderna física nuclear.
Sí; no es lo más habitual que alguien intente un cambio absoluto para alejarse de los modelos prestigiados por el sistema social que lo cobija; para renunciar a los placeres físicos y a la atención afectuosa de los seres humanos y, en cambio, inicie un camino que se sustente en un sistema de valores inédito. Monjes, yoguis y místicos diversos emprendieron esa esforzada travesía. Muchos quizá lograron una transformación profunda, otros quebrantaron su salud corporal y psíquica, y así ciertos insomnes y frenéticos fueron llamados “grandes despiertos” “que de tal modo suelen llamar a sus modelos los idólatras de ciertos “iluminados”". Hubo aquellos que se tragaron el anzuelo de la transformación en el propio medio, que no requeriría mayores sacrificios, pero tal propuesta no pasa de ser una engañifa no menos burda que los crecepelos puestos en venta por charlatanes callejeros. Unos y otros se desmoronaron con harta frecuencia. La mayoría volvió por sus pasos a los pequeños placeres y costumbres de la vida cotidiana, no sin antes emprender esperpénticos ejercicios de “autoconocimiento” o “psicofísica”: prácticas consistentes en dividir, dirigir o concentrar la atención, imaginar esferas luminosas; invocar guías espirituales y caminar erguido con un libro sobre la cabeza. El saldo del ridículo fue diluyéndose en el olvido que acarrean los años. La naturaleza suele ser caritativa.
EL MEDIO INMEDIATO
La propuesta de la transformación en el propio medio es pareja a la del cambio “simultáneo”. Según ésta, el individuo se transforma en la medida que va transformando su “medio inmediato”. Nótese que esto no es lo mismo que decir que el individuo se transforma en la medida que va transformando su “circunstancia individual”, en cuyo caso estaríamos ante una vía de actuación coherente con el propósito de cambio individual. En el planteamiento anterior, el “cambio del medio inmediato” es la excusa para arrastrar a los adeptos a la acción política, como la que lleva a cabo la secta Soka Gakkai y su brazo político en Japón: el Komeito. O la secta de Silo y su brazo político: el Partido Humanista. El mayor problema aquí es que la metodología política, dentro y fuera del partido y de la secta, desvirtúan los mejores fines: el “medio inmediato” no sólo no se transforma, sino que lo que en realidad se pretende es convertirlo en la fuente de alimentación y reclutamiento de la secta. Como en tantos otros casos, los medios se convierten en el fin. Llegados a ese punto, tampoco los individuos se transforman… como no sea para peor.
Pero hubo unos pocos que llevaron las posibilidades de su psiquis hasta una zona de extremado control y desapego, logrando trascender el mismo instinto de conservación. Pienso en los bonzos budistas* que se auto inmolaban en Vietnam y que los medios de comunicación hicieron célebres en la década de los sesenta del siglo XX.
*En beneficio de la claridad expositiva utilizo aquí la socorrida clasificación “bonzos budistas”, a pesar de saber que es una redundancia, una tautología, y, finalmente, una deformación: el cardenal Paul Poupard, autor del Dictionaire des religions, define el término “bonzo” como “monje budista”. Alguien que ha ingresado en un sangha (comunidad de monjes). Es necesario aclarar que los monjes budistas no son sacerdotes. En el budismo no existe la función sacerdotal. Sin embargo, la palabra “bonzo” proviene del japonés bo-zu, cuyo significado es “sacerdote”. La culpa de la deformación es de los misioneros católicos portugueses (del portugués nos llega el vocablo “bonzo”), que tomaron a estos monjes por sacerdotes.
Recuerdo haberlos visto en las fotografías de los periódicos y en la pantalla del televisor. Por aquel entonces la gente discutía acerca del “peligro” que representaba la caída [en el comunismo] de los países del Este Asiático (la teoría del dominó), o de la voracidad del imperialismo capitalista, pero a mí lo que me intrigaba era el fenómeno de los bonzos que se quemaban vivos. No es que me asombrara el hecho de que algún vehemente “o tan sólo devoto” se rociara con gasolina y después se prendiera fuego, sino que al arder conservara la postura de sentado en posición de loto. Me admiraba el total dominio del suicida místico sobre el dolor “si es que lo sentía”. Me asombraba su control de los reflejos primarios y su poder sobre el pánico y la desesperación de mantenerse con vida. Quienes tuvieron oportunidad de observar la caída al vacío de las víctimas del terrorismo en las Torres gemelas de Nueva York, momentos antes de que éstas se derrumbaran, habrán notado que casi todas pataleaban en el aire y movían los brazos, como si quisieran volar o nadar. Al parecer se trata de la reacción más natural, y supongo que cualquiera haría otro tanto en caso de hallarse en idéntico trance. En situaciones semejantes lo que opera es el atávico instinto de conservación, y no está probado que los asesinos suicidas que lanzaron los aviones comerciales contra las Torres gemelas y el Pentágono se hubieran liberado de él. Ellos sí renunciaron a conservarse vivos (a cambio de una hipotética vida eterna), pero no sabemos si el instinto de conservación y todos los reflejos inherentes habrán desaparecido. No sabemos si en el último momento cerraron los ojos y se cubrieron el rostro con los brazos. Si fue así, ellos no habrían alcanzado la transmutación, o su equivalente budista: el nirvana. De acuerdo con ciertas teorías escatológicas, al no haber alcanzado dicho estado sus espíritus seguirían presos en el samsara, el eterno ciclo de muertes y renacimientos. Para otras escatologías (ver G. I. Gurdjieff), faltas de un centro de gravedad permanente (obtenible mediante la transmutación), sus conciencias se habrían disuelto en la nada y nada quedaría de ellos. Para Gurdjieff, sin un centro de gravedad, no es posible ser inmortal “dentro de los límites del Sistema Solar” (así es el delirante lenguaje de la “escuela” que Gurdjieff llamó “del cuarto camino”). Es lo que en otra corriente escatológica se llamó “Sheol”: “Sale su aliento [del hombre], y vuelve a la tierra; en ese mismo día [momento] perecen sus pensamientos” (Salmos 146:4).
Job afirma que en la muerte él sería “como si nunca hubiera existido” (Job 10:8). La muerte sería el olvido, la inconsciencia y la absoluta inexistencia, como la anterior al nacimiento, lo cual nos recuerda el título de la gran novela de Raymond Chandler: El sueño eterno.* Todo esto hace evocar aquellos versos de Espronceda:
Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno encuentra el hombre
un término a su pesar
Yo, compasiva te ofrezco
lejos del mundo un asilo,
donde a mi sombra tranquilo
para siempre duerma en paz.
(”Canción de la muerte” José de Espronceda, 1808-1842)*
* Ver, más adelante, unos versos del Rubayat, de Omar Jayam.
En cuanto al mentado instinto de conservación, es éste un resorte al que, por lo que se pudo ver y registrar, sí habrían renunciado los bonzos. ¿Habrán estos monjes alcanzado la transmutación? Y de ser así, ¿valió la pena haberla alcanzado?
Las acciones de los bonzos budistas; los kamikazes japoneses de la Segunda Guerra Mundial, observantes del código Bushido, que se arrojaban con sus cazas “Zero” contra los navíos aliados; los asesinos suicidas del 11 de septiembre de 2001; los sectarios suicidas seguidores de Jim Jones, en Guyana, así como los integrantes de la Orden del Templo Solar que llevaron a cabo suicidios rituales en Suiza, Francia y Canadá, nos hablan de la voluntad de morir para después acceder a otra clase de vida. Una vida hipotética en alguna supuesta dimensión imaginada o referida como mito; una utópica vida ajena al cuerpo y a la constatación de los sentidos, pues se trata de gente que no se conforma con la doméstica felicidad de la era industrial. Ellos pretenden la totalidad; el toco: el paraíso de las huríes o el sitio preferente a la diestra del Señor. Hay una profunda desigualdad en la interpretación del mundo entre quienes procuran la muerte física motivados por cualquier fe o sistema de creencias ultraterrenas, y la inmensa mayoría de los seres vivos que nos aferramos a la existencia mundana. Sin embargo, de todos los citados, sólo los bonzos budistas, con su evidente dominio mental y físico del dolor; con el demostrado poder sobre los reflejos primarios que rigen la conducta animal, han probado que en algún momento de su existencia lograron producir en sí mismos una transformación efectiva del ser natural.
Está visto que, en gran medida, el camino de una hipotética transmutación corre parejo con el renunciamiento a la vida mundana. O al menos con el desprecio del universo sensorial. Es ésta una vía casi siempre monopolizado por el espiritualismo, una concepción que sólo concibe la existencia terrena como una obligada estación de paso; una suerte de repartidor vial o encrucijada de carreteras que llevan a diferentes destinos de ultratumba. Así se comprende que tantos devotos febriles anhelen la muerte física y la esperen con impaciencia. La suponen el umbral de la vida eterna. Hay un ingente repertorio de manifestaciones artísticas y simbólicas que expresan dicho anhelo. La poesía no podría estar ausente. Quizás algunos de los célebres versos de Teresa de Cepeda y Ahumada (1515-1582) “beatificada en 1614 y canonizada en 1622, y por ello conocida como Santa Teresa de Ávila o Santa Teresa de Jesús”, constituyan una buena muestra:
Vivo sin vivir en mí,
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di;
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.
[…]
¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa un dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
[…]
Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.
Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.
Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.
Grandes cambios, pequeños cambios (2)
Pero, como ya he señalado, los grandes cambios no constituyen la máxima aspiración de quienes tan sólo se proponen modificar la conducta o ciertas características recurrentes del temperamento “aquello que da en llamarse “personalidad”", para beneficiarse de una mayor capacidad de adaptación al medio. Los grandes cambios, las mutaciones radicales de quienes pretenden efectuar una transmutación del ser, intentan ser realizados mediante grandes renunciamientos. El mutante (o aspirante a serlo), va despojándose de sus querencias y deserta de los placeres y los hábitos cotidianos; abandona también a los afectos; aplaca los sentimientos e intenta domar las emociones. Esa es la vía de la transmutación, si es que ésta es posible; en ella no cabe la angustia difusa del aburrido y el insatisfecho, pero sí la renuncia al “yo” y sus ilusiones.
Los grandes cambios del mutante consisten en renunciar. Consisten en despojarse y hacerse cada vez más pobre. Son los cambios que propone el misticismo de los primeros cristianos y del budismo observante. Los cambios profundos de los ascetas, las carmelitas descalzas, los ayunantes porfiados y los penitentes tenaces.
Pero los pequeños cambios, que tienen por objeto una mayor satisfacción en la vida cotidiana, contrariamente a los cambios del candidato a mutante, consisten en el reforzamiento de la ilusión del yo y la adquisición de nuevas capacidades. Son los cambios cosméticos. Cambios que serán posibles por adquisición, y no por renunciamiento. El candidato a cambiar con moderación y cautela pretende estrenar habilidades: mayor dominio del cuerpo; el don de la elocuencia; una personalidad magnética; una mejora de la salud y la silueta; fuerza muscular; agilidad mental y física; conocimiento de idiomas y cultura general. El candidato a cambiar en la superficie no quiere sacarse nada de encima, como no sea unos cuantos kilos de más. El candidato al cambio cosmético no quiere despojarse de cosa alguna: él quiere añadir. Quiere saber bailar, o cantar. Quiere saber sonreír: quiere, quiere y quiere; mientras que el mutante sólo quiere no querer.
El candidato a cambiar en la superficie, desea mejorar.
El aspirante a transmutar desea morir y renacer.
El candidato a cambiar con prudencia obra espoleado por los deseos. El aspirante a mutar desea no desear. Es este paradójico y desmesurado deseo envolvente lo que establece la gran diferencia. Fuera de ello, uno y otro operan sobre sí mismos. El mutante pretende liberarse de sus condiciones de origen. El cambiante superficial sólo quiere mejorarlas. Ninguno de los dos se queda quieto. En ambos opera la voluntad (voluntas).
Siempre presente, la potencia volitiva: el puro deseo, acude a las cosas para apoderarse de ellas, o las rechaza y las aborrece. El deseo: la volición, el querer, no descansa. Así es como todo intento de cambio se basa en una concepción voluntarista de la vida. Por más que se intente (y peor cuanto más se intenta), el forzamiento no puede dejar de hallarse presente, y, por lo tanto, cualquier pretensión de paz y relajo es apenas un recurso técnico, una ilusión vana.
Cursos de “autoconocimiento” y “experiencias guiadas” confunden y someten a los practicantes. Imprimen una programación encima de otra: un palimpsesto. Al ser la más reciente menos intensa, esta nueva programación obliga a un mantenimiento y un cuidado constante, al igual que el maquillaje diario de ciertas mujeres de edad avanzada. La tensión y la pérdida de energía son permanentes. También es permanente el desgaste que requiere disimular dicha tensión y pérdida energética: un círculo vicioso. Como dicen que sucede con los masoquistas, al yo mejor se lo domina cuanto menos se lo considera. A la inversa, éste se hace más inestable en la medida que el sujeto más pendiente está de él. Estar continuamente encima del yo es el mejor medio para perderlo del todo.
De tal modo, el candidato a mutante y el individuo del cambio cosmético, en el mejor de los casos habrán alcanzado una impostación; el dominio de un discurso; la representación de un personaje novedoso. Un papel sobreactuado en una mala obra teatral: Palimpsesto.
Y por otro lado, ¿cuál es el punto de partida desde el que se emprenderá el intento de cambio parcial o total? Habría que averiguar, como requisito previo, las características de las condiciones de origen. Saber de dónde se sale. Tal exigencia responde a la propuesta de conocerse uno mismo.
La pretensión de conocerse uno mismo puede hacer sonreír. Cuando el autor del presente trabajo frecuentaba la secta de Silo, propiedad del doctor Mario Rodríguez Cobos* (actualmente conocida como “Movimiento Humanista”), al así llamado “autoconocimiento” se le daba mucha importancia. En cierta ocasión un contumaz sectario, en el intento de captar a una inteligente mujer, le habló de las supuestas ventajas de trabajar en el conocimiento de sí misma. La respuesta fue que dicha perspectiva a ella se le antojaba aterradora, pues eliminaba toda posibilidad de sorpresa y cualquier juego de inesperadas y asombrosas emociones.
*Mario Rodríguez Cobos, argentino, nacido el 6 de enero de 1938 en Mendoza, ciudad en la que, con el seudónimo de “Silo”, fundó la “Orden de Kronos” en el año 1962. Dicha secta, presentada después con diversas denominaciones: “Religión Interior”; “Movimiento de Liberación Interior”; “Poder Joven”; “La Comunidad para el Desarrollo Humano”; “Movimiento Humanista”, se expandió primero por Sudamérica y posteriormente por amplias zonas de Europa. En la década de los noventa del siglo pasado Rodríguez Cobos recibió un doctorado “honoris causa” por una universidad rusa. A lo largo del presente trabajo se lo volverá a mencionar.
Dejando al margen las anécdotas ingeniosas, lo cierto es que la socrática, y tal vez pitagórica, consigna que invita a conocerse uno mismo (????? ???????: “conócete a ti mismo”) es al menos tan antigua como los filósofos griegos que la habrían formulado. Acaso aún más antigua: se ha dicho que estaba inscrita en la puerta del templo de Apolo, en Delfos.
No obstante, pocos adultos hay que no crean conocerse en mayor o menor medida. Ese hipotético conocimiento, que cada cual tendría de sí, bien podría resumirse con el término de self-concept, muy popular en Estados Unidos. Dicho “autoconcepto” no es otra cosa que la idea que el sujeto se hace de su personalidad (no entendida como “máscara” sino como temperamento o conjunto de características individuales) y conducta: una valoración surgida de la experiencia con las relaciones y la imagen que se supone tienen los demás de uno. Cierta escuela de psicología pretende que el autoconcepto mediatiza el comportamiento y las metas que cada cual impone a su vida.
Es en estas regiones donde fructifican las sesiones de psicoterapia de todas las tendencias; la grafología, el reiki, el taichi, los rituales incas y las imposiciones de manos; los manuales de autoayuda; los cursos para hacerse simpático y saber hablar; los libros de Dale Carniege; el “tarot electrónico humanista” del brujo siloísta madrileño Miguel Moltó (http://miguelius.galeon.com/); el best seller de Wayne W. Dyier, Tus zonas erróneas y el calamitoso Autoliberación, firmado por L. A. Ammann, subalterno del ya mencionado doctor Rodríguez Cobos, en cuya tapa (en la edición que obra en mi poder) promete nada menos: “La llave para encontrar la verdadera vida”, con lo cual “afortunadamente” dispensa al consumidor del recetario de la obligación de auto inmolarse al estilo integrista para alcanzar la “otra vida”. Tranquilícense pues los aprensivos: según Ammann y el doctor Rodríguez Cobos, bastan algunos ejercicios repetitivos, resumir la autobiografía, aclarar la escala de valores e intereses y poco más. Una ganga a precio de saldo. Por momentos, la lectura de Autoliberación puede provocar sensaciones que van de la vergüenza ajena a la risa. Sin embargo, la intención del que lo escribió (¿quién ha sido el que en realidad lo escribió?) no fue hacer un texto de humor.
Claro está, el corpus doctrinario que vende el doctor Rodríguez Cobos aparece como una estructura más compleja en relación con el libro que acabo de mencionar. Incluso Autoliberación ofrece una apariencia más elaborada (aunque no mucho más) que la presentada (y simplificada) por mí, pero si resumimos las propuestas de dicho manual de autoayuda, no será difícil comprobar que no pasa de ser un recetario para voluntariosos candidatos a un cambio cosmético (como muchos otros que hay en el mercado). Y esto es así porque Autoliberación no tiene la finalidad de ayudar a que nadie se libere de nada: dicho panfleto encuadernado es apenas una pieza en el repertorio de reclutamiento de la secta del doctor Rodríguez Cobos. Sus ejercicios constituyen lo que el propio doctor Rodríguez llama “trabajos pretexto”, y por lo tanto el panfleto no tiene ninguna finalidad en sí mismo, pero sí en relación con un bombardeo propagandístico.
Autoliberación es el equivalente de un curso de maquillaje, pero como tantos otros panfletos sectarios, es el anzuelo con el que se intenta captar a los disconformes con su estado actual. A todos los que buscan un sucedáneo del Paraíso perdido por medio de un cambio. Por desgracia, dicho aparente cambio se sustentará en la mera adquisición de una terminología, un repertorio de gestos y la permuta de unas ideas “unas convicciones” por otras. Al respecto parecen oportunas las reflexiones de José Ortega y Gasset con referencia a los militantes de los diversos partidos políticos:
“Por lo pronto no son nunca los que pensaron originariamente la idea en torno a la cual se formó el partido que provocó la mêlée. No son, pues, gentes que hayan, por sí mismas, pensado nunca en nada. Se han encontrado con un partido hecho que pasaba delante de ellos y lo han tomado como se toma un autobús. Lo han tomado a fin de no caminar con la fatiga de sus propias piernas. Lo han tomado para descansar de sí mismas. Porque hay gente cansada de sí misma desde que nace.”*
*De No ser hombre de partido, artículos publicados en La Nación, de Buenos Aires, el 15 de mayo y el 3 de junio de 1930. Integran el volumen intitulado Ideas y creencias.
Así pues, quienes emprenden tales prácticas, como las que propone Autoliberación, y se embarcan en extravagantes militancias, obtienen un cambio meramente cosmético. Una postura ante los otros, como la que suelen exhibir con su lenguaje ciertos psicoanalizados, determinados orientalistas, algunos militantes de la izquierda o la ultra derecha, y no pocos curas con o sin sotana.
Y si se pretende que no es así, ¿dónde está el paradigma que fundamente lo contrario? ¿Dónde se encuentra la evidencia, la “verdad demostrable”, la prueba científica que confiere legitimidad a todo postulado? ¿Dónde está el “Hombre Nuevo”? Uno solo; tan siquiera uno. ¿Dónde? Para el universo de la razón no existe entidad o fenómeno carente de manifestación, y no considero válidos los modelos que pretenden independizarse de los datos experimentales, así que, como tantas veces, habrá que recurrir a la anécdota. La desprestigiada anécdota propia del método inductivo. Habrá que hacerlo, como el paleontólogo que reconstruye un animal extinguido con unas pocas piezas sueltas. He aquí, pues, unas pocas anécdotas:
Pese a las promesas de una nueva vida, he conocido sectarios con sus vidas destrozadas después de décadas de participación: “La historia del Movimiento es triste. Por cada persona que hoy permanece allí, deben haber unas 4 ó 5 a quienes les gustaría no haberlos conocido nunca, muchas de las cuales tuvieron sus vidas desestructuradas por décadas, sus esperanzas de ser humano prácticamente extintas”, testimonia Everal Rimbald, que militó en el siloísmo entre 1985 y 1994. Un caso: cierto cabecilla de la secta del doctor Rodríguez Cobos, con treinta y cinco años en el ruedo y desde mucho tiempo dirigente de conjuntos repartidos por Sudamérica y Europa, padre de tres niñas, me interpela en un bar de Buenos Aires para lamentarse de que había sido abandonado por su esposa, también miembro de la secta, la que lo dejó por otro sectario. Este mismo individuo, que en su día fue nombrado el primer “aceptado” de la secta, tiempo atrás criticaba a otro de los cofrades, por haber tenido como pareja a una “contra”. Otro caso: un dirigente importante es detestado por otros dirigentes debido a su grosería y prepotencia: a sus espaldas se burlan de su baja estatura, dicen que antes de entrar a la secta estuvo al servicio de Blancanieves, pero “el enano” a su vez se burla de otro “residente en Roma” por su pasada homosexualidad.
Los ejemplos de mutua inquina, canibalismo y vidas arruinadas parecen interminables, lo que no impide que todos ellos pregonen una suficiencia y felicidad enormes… Botones de muestra. Contrariamente, no he conocido sectarios con vidas que puedan considerarse plenas.
Cuando un sistema eclesiástico o una corriente de pensamiento prometen beneficios, es de esperar que sus representantes sean los primeros beneficiarios y los modelos emergentes, pero no he conocido muchos psicoanalistas libres de neurosis agudas. Tampoco he conocido dirigentes sectarios “repito: “dirigentes”" con sentido del humor, y sí energúmenos llenos de ira frente a las críticas y la ironía con que es tratada su fe.
En resumidas cuentas, quienes practiquen la supuesta “autoliberación” que propone el panfleto Autoliberación, en el mejor de los casos podrán revestirse de una nueva personalidad. Nunca mejor dicho, si se toma en consideración la etimología del término persona (”????????: prósopon”): la máscara con la que se cubrían el rostro los actores teatrales de la Grecia antigua. Es la asunción de un estilo impostado (”El estilo es el hombre”, afirmó Georges-Louis Lecrerc, conde de Buffon), o visto de otro modo: una farsa sostenida en el tiempo. Dicho cambio, como ya he señalado, es apenas una suerte de palimpsesto: esos manuscritos de la antigüedad que conservaban las huellas de un texto anterior, sobre el que se había escrito. Para hacerlo más gráfico: un cambio equiparable al de una goma elástica en el momento de mayor estiramiento. Basta soltar uno de los extremos para que vuelva a recobrar su anterior longitud. Así recobran su estado previo los cambiantes superficiales al modificarse las condiciones que les permiten ilusionarse con una transformación profunda.
Sí, la goma elástica recobra su dimensión original, pero el afectado por una creencia sectaria no siempre logra regresar al aire libre; menos cuando ha permanecido muchos años en la secta. Como con tanto cinismo dijera el doctor Rodríguez Cobos: “la fe es útil”. Eso que él llama fe es equivalente a creencia. La clase de creencia que le permite a cualquiera presentarse ante los demás con su correspondiente rótulo, como esos automóviles con pegatinas: “I love N. York”, “Soy soltero y vividor”. Las creencias presentadas de forma esquemática son las más digeribles, ya que no siempre es cómodo andar por la vida poniendo en tela de juicio las verdades absolutas. Una creencia totalizadora, pergeñada por un ser con “dotes excepcionales”, suele ser reconfortante: tanto como una bolsa de agua caliente a los pies de la cama en las noches de invierno. Cuando dicha creencia llega a conformar la masa de la identidad del creyente y lo representa ante el mundo, confiriéndole la ilusión de que no es nada ni es nadie fuera de los límites de la creencia (la expatriación, las tinieblas exteriores), éste ha alcanzado “la zona de no retorno”. El creyente es engullido por la creencia como un planeta por un agujero negro. Por más que le presenten mil argumentos razonables y un millón de evidencias, negará todo. Salir de la creencia sería como quedarse sin identidad. Esto, para la mentalidad del creyente, es lo más cercano a la muerte.
IDENTIDAD
“Ya sé de qué hablar los lunes. Mi vida quizá no tiene sentido, pero sí tiene estructura. No sé quién soy, pero sí sé qué soy: merengue [seguidor del Real Madrid] como la copa de un pino. Sí señor.” (Declaración del periodista John Hopewell a la revista El País semanal. 4 de noviembre de 2001)
Dichas en serio o con ánimo jocoso. Dichas tal vez un poco en serio y otro poco en broma, estas palabras de John Hopewell constituyen una buena demostración de la mentalidad identitaria ligada al sentido gregario.
“Cuando Nietzche escribe en Ecce homo capítulos titulados ‘Por qué soy tan sabio’, ‘Por qué soy tan inteligente’, ‘Por qué escribo tan buenos libros’, ‘Por qué soy un destino’, poco antes de volverse loco, su exaltación (la de un fan de sí mismo) parece desquiciada. Sin embargo, los autorretratos de los pueblos, de los Estados, de las instituciones, dicen lo mismo y no parecen cosa de locos. Por el contrario, la exaltación del ego colectivo pasa por virtud, digna de la mayor abnegación, sin excluir la ofrenda de la propia vida, ni el sacrificio de vidas ajenas. Como si la abnegación del yo en la afirmación del nosotros fuera siempre admirable. Como si el fanatismo del nosotros fuera menos desquiciado que el fanatismo del yo.” (Nosotros, artículo de Gabriel Zaid. Revista Letras Libres, edición española. Octubre 2001)
Así es, quien se quiera libre afirmará su yo antes que su “nosotros”, pero el identidópata liga con más frecuencia su identidopatía al rebaño de pertenencia que al yo (los Testigos de Jehová, al igual que otras iglesias cristianas, sin el menor pudor llaman rebaño al conjunto de los miembros de su congregación). Por algo hay espíritus mezquinos interesados en equiparar individualismo con egoísmo. Por algo los individualistas son tan denostados por la militancia de causas que dicen querer ayudar a la humanidad. Ellos se refieren a los de su propio rebaño como “los nuestros”; los otros son “el sistema”. Pareciera que hay una predisposición genotípica, o quizás endocrina, de ciertos elementos gregarios contra cualquier sentimiento de individualidad en los otros. Son aquellos que, como compensación de su propia incapacidad, detestan la imaginación y la singularidad ajenas. Son los enemigos de la inteligencia. Estos “militantes” suelen envidiar cualquier manifestación de vitalidad y talante creativo. Tampoco a quienes pastorean la piara les caen en gracia los individualistas, tipos siempre incómodos, sospechosos, y, con frecuencia demasiado inteligentes. No es raro que de entre los más embotados rebaños salgan aquellos que estigmatizan la cultura norteamericana y muestran simpatía por “el buen salvaje” y comprensión por los estados totalitarios. Se trata de la eterna lucha entre el individuo y la masa amorfa y descerebrada. La identidad de los identidópatas no es con exactitud la de la colectividad, sino la del rebaño. Es la ideología del “rebañismo”, como define el escritor chileno-danés Rubén Palma, quien cuando pretendieron atropellarlo con el argumento del “socialismo científico”, respondió jocosamente que prefería la “cumbia científica”.
Y es que tal vez el tema de la identidad sea el de mayor interés desde el punto de vista existencial y en lo concerniente al psiquismo. A excepción de los autistas (y no lo sabemos a ciencia cierta) todo el mundo procura instaurar y fijar esa representación conocida como “identidad”. Una representación ante el mundo y para sí. El sentido de identidad es importante en los primeros años de vida, cuando se establece primariamente en el seno de una familia: el sujeto es antes que nada hijo, en segundo término será hermano, nieto, sobrino, etcétera. La referencia familiar, como posteriormente toda referencia grupal, le será necesaria en la infancia y adolescencia como encuadre vincular, sin el cual se sentiría perdido en un espacio vacío. Por tal razón, la “identidad” individual no parecerá existir por sí misma, sino enganchada (vinculada) a una “entidad” mayor: la clase social, la patria, el club deportivo, el conglomerado de fieles, la empresa en la que trabaja y cualquier otro rebaño en el que participe el sujeto. También la combinación de todos ellos. Esta concepción es de suma importancia: la identidad raras veces se manifiesta de forma aislada, pero sí en relación con entidades que le sirven para darse a conocer. Visto desde un ángulo inverso, podría decirse que tales entidades (naciones, religiones, familias, clubes deportivos, sectas, partidos políticos, etcétera) en gran medida tienen la función de prestar identidad a los individuos que a ellas se vinculan. También la tienen la organización terrorista ETA y la secta de la Cienciología, por poner dos ejemplos. Asimismo la tienen todas las creencias a las cuales los sujetos se adhieren, de ahí que una burla o una crítica a dichas creencias sean interpretadas como agresión personal, lo cual pone en tela de juicio las apariencias de objetividad y desapego con que la gente “civilizada” pretende estar discutiendo sus así llamadas “ideas”. (Para recurrir otra vez a la anécdota: yo critiqué y me burlé del “maestro” Silo y su ideología, y, en respuesta, recibí numerosos mensajes cargados de indignación y agresividad. Mis objetores seguramente pretendían estar defendiendo a Silo y su credo, pero la mitad del discurso estaba destinado a hablar de sí mismos. A referenciarse frente a mí: “el enemigo”. La realidad es que en el fondo sólo querían hablar de sí mismos; Silo era nada más que una excusa).
Así las cosas, esto de la identidad puede muy bien equipararse a la “personalidad” o “máscara”, de la cual me ocupé anteriormente. En sociedades con intensa movilidad de imágenes y formulaciones, hay individuos que suelen cambiar de “fachada”: trasladan su aprecio de una ideología política o seudo religiosa a otra aparentemente opuesta o sólo contigua; cambian su estilo de vestimenta; modifican sus hábitos alimenticios. En verdad no renuncian a la identidad, apenas le dan unos retoques. En sociedades que imponen fuertes pautas referenciales hay muchos menos cambios. La mayoría de los jovencitos judíos religiosos, con cupá en la cabeza y vestidos con abrigos oscuros en pleno verano; con rizos y barba incipiente, son un ejemplo de identidades sin libertad de elección. También lo son las mujeres afganas encarceladas en el interior de la burka. También los miembros de las juventudes comunistas en Corea del Norte.
En última instancia, la exacerbación de la identidad es el principal componente del fascismo, pues el fascismo no es sólo una ideología, también lo es cualquier forma enfática en la defensa del “nosotros”. En este sentido, no es menos fascista el skin neonazi que aporrea con un bate de béisbol, que aquel que se proclama “humanista” y no-violento pero insulta a los críticos y detractores de su tribu y de su jefe. Alguien podría argumentar que tal cosa no es posible, pues el skin y el “humanista” asumen diferentes pertenencias; van detrás de diferentes banderas. A esto respondo que también el integrante de una barra brava de club de fútbol tiene pertenencia diferente al de otra barra brava: River contra Boca; Ultrasur contra Boixos nois. ¿Alguien podría jurar que por seguir distintas banderas son muy diferentes los unos de los otros?
Ya puestos en situación, podría pensarse que, la única credencial identitaria legítima sería la del idiotipo: “la totalidad de los factores hereditarios constituida por los genes del núcleo celular y los llamados genes extranucleares” (del diccionario de la R.A.E.). Pero como los individuos crecen, envejecen y van cambiando las condiciones secundarias, para hablar de “identidad” habría que referirse a la del momento, por cuanto la concentración de azúcar en sangre antes de comer no es la misma que después de hacerlo. Si todo es tan cambiante, y puesto que al decir de Heráclito nadie se baña dos veces en el mismo río, ante cualquier requerimiento sobre mi identidad, antes que con un documento del Estado, quizá debería responder con mi último análisis de sangre y orina.
Es obvio que la anterior definición de identidad pertenece al estado de naturaleza, de modo que lo aceptable sería decir que la identidad de cada quien, en los diferentes momentos, es aquella que se revela por la resultante de sus obras: uno es lo que hace, y no lo que cree o lo que dice que es. Esa sería la única identidad posible para las gentes libres… “Ama la realidad que construyes”, proclamó un “maestrillo sectario” que alguna vez intentó compararse con Jesús. No está mal la frase, pero dicho maestrillo pretendió que sus seguidores vivieran la realidad que a él le parecía más “real”. Volviendo a Jesucristo, habría que recordar su consejo: “Haz lo que dicen, pero no lo que hacen”.
Guerras internas
La militancia en cualquier secta conlleva la intención de un cambio. Se trata de una “conversión”, una “redención” o un “despertar”. Todo lo cual trae consigo un sistema de prácticas: oraciones, ejercicios, ayunos, etcétera. Se trata de una guerra consigo mismo como la Gran Jihad del Islam (la “pequeña Jihad” sería la guerra contra los infieles), concepto tantas veces deformado por los fanáticos. Revisemos la siguiente “experiencia guiada”, referida a la Gran Jihad, previa a la pequeña Jihad; contiene las recomendaciones destinadas a los asesinos suicidas que atentaron contra el World Trade Center de Nueva York y el Pentágono. Son extractos del documento encontrado en el equipaje sin transportar de Mohamed Atta:
La última noche:
“Recuerda la batalla del profeta contra los infieles, mientras construía el estado islámico”.
“Recuerda que esta noche te enfrentarás a muchos retos. Pero debes enfrentarte a ellos y compadecerlos todos al cien por cien”.
“Obedece a Dios, a su mensajero, y no combatas contra ti mismo hasta debilitarte y soporta el ayuno. Dios permanece junto a aquellos que ayunan”.
“Debes rezar, debes ayunar, debes pedirle a Dios que te guíe, debes pedirle que te ayude. Sigue rezando durante toda la noche. Sigue recitando el Corán”.
“Purifica tu corazón y límpialo de asuntos terrenales. El tiempo de la diversión ha terminado. Llega el momento del juicio. Debes utilizar estas pocas horas para pedir perdón. Debes convencerte de que las pocas horas que te quedan en la vida son realmente muy pocas. Desde ahí empezarás a vivir la vida feliz, el paraíso infinito. Sé optimista. El Profeta siempre fue optimista”.
“Recuerda siempre los versos que desearías para tu muerte, antes de que te encuentres con ella, y así sabrás la recompensa que te espera”.
“Todo el mundo odia la muerte, tiene miedo a la muerte. Pero sólo los creyentes que saben de la vida después de la muerte y la recompensa que les espera, serán los únicos que buscarán morir”.
“Recuerda el verso que dice que si Dios te apoya, nadie podrá derrotarte”.
“Ten la mente abierta, ten el corazón abierto con el que hacer frente. Entrarás en el Paraíso, en la vida más feliz, la vida eterna. Cuando tengas un problema piensa en cómo salir de él. Nunca entrarás en el Paraíso si no has tenido un problema importante. Pero sólo los que se mantienen firmes son los que lo superarán”.
“Repasa todas tus cosas “tu bolsa, tus ropas, cuchillos, tu testamento, tu documento de identidad, tu pasaporte, todos tus papeles”. Repasa tu propia seguridad antes de irte. Asegúrate de que nadie te sigue. Asegúrate de que estás limpio y de que tu ropa está limpia, incluyendo tus zapatos”.
“Por la mañana, trata de rezar con el corazón abierto. No te vayas hasta que no estés purificado por la oración. Continúa rezando”.
Cuando entres en el avión:
“Oh Dios, ábreme todas las puertas. Oh Dios, que respondes a las plegarias y contestas a quien te pregunta, estoy pidiéndote ayuda. Estoy pidiéndote perdón. Estoy pidiéndote que ilumines mi camino. Estoy pidiéndote que levantes el peso que soporto”.
“No hay otro Dios que Dios y yo soy un pecador. Somos de Dios y a Dios volvemos.”
(Extraído del periódico El País. Madrid, 29/9/2001)
Compárese el anterior texto con el que sigue:
Hemos de distinguir entre entrenamiento y “estilo”. El primero se realiza en las reuniones de Cripta. De este modo, los epónimos están urgidos a la formación y puesta en marcha de tales organismos. De otro modo se retrasan en el entrenamiento.
El segundo es de ejecución diaria y llenan la existencia de quienes lo ejercitan. Absorber el estilo significa, desde otro punto de vista, vivir el instante, no dejar que un solo momento de la vida pase por uno como puede pasar el tiempo por los mecanismos u organismos sin conciencia.
Estar en el Estilo es vivir con plena conciencia. Es además crear un Yo permanente y finalmente, es comenzar a despertar en uno al Superhombre dormido.
Quien mantiene el Estilo, está en guerra continua con uno mismo, aun en el sueño.
(De “Entrenamiento y estilo”, Libro Rojo, manual de la secta de Silo, ideado por éste, para el entrenamiento de los primeros grupos en la década de los 60 y principios de los 70 del pasado siglo.)
Hay otras comparaciones que hacer: “Tenemos jóvenes que buscan la muerte tanto como los americanos buscan la vida…”, dice Suleimán Abu Geith, portavoz de Al Qaeda.
“Sé fiel, no sólo fiel a tu mujer. Fiel a tus ideas y a tus principios aunque te cueste la vida”, dice el doctor Rodríguez Cobos en su arenga de Punta de Vacas del año 1968.
Queda muy claro que el terrorismo de Al Qaeda y la secta creada por el doctor Rodríguez Cobos no son de la misma naturaleza ni de similares dimensiones. Sus ideologías morales y sus enfoques teleológicos son también muy distantes, pero aunque el credo de Abu Geith y el de Rodríguez Cobos no parezcan tener mucho que ver el uno con el otro, sí hay un punto de contacto, para nada desdeñable: el absoluto desprecio por la vida ajena, del todo manifiesto en el mensaje del terrorista, y tan sólo un lapsus en el del “maestro” mendocino (por algo fue excluído de versiones posteriores). En lo personal, el doctor Rodríguez, es amante de la buena vida y apegado a un fuerte instinto de autoconservación.
La mirada paterna
Sostienen los entomólogos que el de los coleópteros es el mayor de todos los órdenes de insectos, pues se han registrado más de 250.000 especies. Es probable, sin embargo, que el número de las diferentes sectas supere al de las especies de escarabajos y gorgojos, ya que existen miles de sectas religiosas, ocultistas, políticas y delictivas en todo el planeta. Las hay algunas que incluyen todos estos atributos. Las hay en los países de Oriente y Occidente, pero gran parte de las sectas que pululan en Europa, Estados Unidos y Latinoamérica, suelen vestirse con las galas del “orientalismo”. Es un hecho curioso, por cuanto la civilización china, la nipona y las del sureste asiático, fuera de la genérica impronta budista, tienen entre sí más diferencias que similitudes. Todas ellas difieren más aún del hinduismo. Pero, ciertamente, mucho menos tiene en común un sintoísta japonés con un devoto de una de las ramas islámicas shita o sunita que se practican en Oriente Medio. Mucho más es lo que comparten, en el campo cultural y el de las afinidades, un español, un canadiense, un italiano y un argentino, por poner como ejemplo. Así pues, puede hablarse de una civilización occidental, pero es más difícil definir una supuesta civilización oriental sin asumir dicha entelequia como lo que en realidad es, un tópico y una invención mítica de la cultura occidental. El “orientalismo” es un invento occidental para consumo de occidentales decadentes.
Sean las sectas “orientalistas” o cristianas occidentales; jasídicas, chamánicas, freudianas o teosóficas, un buen número de éstas parten del supuesto de que reciben al neófito en un estado que podríamos llamar “en bruto” y, a lo largo de su iniciación, lo irán refinando. El candidato entra “crudo” para ser cocido a fuego lento o fuego intenso. Es lo que en alquimia se llama “la mortificación de la sustancia” y también “el fuego de rueda”. Hay que transformar al adepto. Éste, por su propio bien, debe asumir “la conversión”, el arrepentimiento: debe cambiar. Para beneficiarse del cambio seguirá a un maestro y se integrará en un grupo de adeptos.
Suelen afirmar en algunas sectas que el individuo no tiene posibilidad de cambiar ni “liberarse” por sí mismo (en varias se habla de “despertar”). Jamás podrá hacerlo sin el auxilio de un maestro y la participación en un grupo. Así lo afirmó en su día Gurdjieff, que cobraba muy buen dinero por su “enseñanza”. Lo afirmó también el doctor Rodríguez Cobos desde el inicio de su aventura sectaria. Ahora bien, pregúntese el lector: ¿qué otra cosa pueden decir los que desean imponer su “magisterio” y engrosar las filas de su secta?, en otras palabras, su propio negocio, sea éste monetario o político. ¿Es imaginable que los “gurús” sostengan que puede prescindirse de ellos? No, es poco imaginable. Pero son, ciertamente, prescindibles. ¡Vaya si lo son! La falacia de que el cambio es posible únicamente formando parte de un grupo y siguiendo a un maestro, no se sostiene. En realidad ocurre lo contrario: los grupos, los maestros, son factores de presión y condicionamiento (”Verás que irás ascendiendo de compresión en compresión”: palabras de un siloísta argentino, acompañadas de carcajadas, en el momento de volverse loco).
Los grupos tarde o temprano devienen en una estructura jerárquica que absorbe y desvía la energía del adepto. Los grupos distraen la atención y el inicial intento de cambiar se convierte en el ansia de ubicarse cómodamente en el rebaño y de ser posible ascender en la escala jerárquica, igual que sucede en todos los sistemas sociales alienantes, se llamen capitalismo o “socialismo real”.
Sí, puede prescindirse de grupos y maestros. Puede prescindirse y es conveniente hacerlo, ya que en verdad, sucede todo lo contrario de lo que afirman: si ya resulta difícil cambiar y liberarse de la inestabilidad del propio yo en la sociedad abierta, mucho más lo será en el cerrado encuadre de un grupo que somete al sujeto a la permanente mirada escrutadora de los demás, y sobre todo a la del “maestro” o “instructor”.
El texto “sagrado” del doctor Rodríguez Cobos para los miembros de su secta, La mirada interna, a mí me sugiere este otro: La mirada paterna. Es de suponer que tal “mirada interna” constituye una indagación dirigida a la insondable y prodigiosa vida mental. En realidad, la única mirada que prevalece en el mundillo de los grupos sectarios es la paterna. La mirada de gurú-patrón sobre el adepto y la de éste hacia el gurú-patrón, en busca de captar esa mirada, en ocasiones benevolente, en otras severa.
“Me salvó la vida. Después de papá y mamá es la persona que más quiero en el mundo”, dice un siloísta con treinta años de rutina. Idolatría, sí, idolatría y dependencia psicológica. He visto cómo esa mirada paterna paralizaba, ponía en marcha o hacía sobreactuar a los devotos de tal “maestro”. He caminado junto a él y sus incondicionales por una ancha vereda, y me puse un poco atrás del grupo para observar cómo, con escaso disimulo, se empujaban unos a otros y se daban codazos para ponerse más cerca de su ídolo. Para estar más al alcance de “la mirada paterna”
La moderna psicología conductual, la economía monetaria y la mecánica cuántica (Schrödinger, Heisenberg y “el principio de incertidumbre”) han explicado que la mirada del observador altera la conducta del objeto observado. En física de las partículas sub atómicas ocurre cuando son bombardeadas por los electrones de un microscopio electrónico. En economía, cuando cambia la valoración de la gente acerca de una determinada moneda. En la vida social, cuando el individuo no actúa con naturalidad y, en cambio, está pendiente del juicio ajeno: el sujeto deja de observarse “en sí” para interpretarse en función de los otros. Dicha alienación lo conducirá en sentido opuesto a un verdadero conocimiento “de sí”. Si de verdad existe alguna posibilidad de avanzar en el propio conocimiento y la propia liberación de los condicionamientos alienantes, tal logro sólo podrá darse en la indagación solitaria y libre de presiones grupales, paternalismos, expectativas y ansiedades.
PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE
El Principio de Incertidumbre, de Heisenberg, se enuncia del siguiente modo: es imposible conocer simultáneamente y con exactitud la posición y el momento lineal de una sola partícula. Debido a que un objeto cuántico no puede ser observado sin que éste cambie, no es posible medir ciertas cosas simultáneamente: en el mundo cuántico no se puede observar nada sin afectarlo.
Al lanzar una moneda no puede predecirse si saldrá cara o cruz, pero si se lanzan varias al mismo tiempo, o una repetidamente, se obtendrá con aproximación la mitad cara y la mitad cruz. Se dice entonces que la frecuencia con que asoma un resultado es cercano a 1/2, y puede verificarse que es tanto más cercano a 1/2 cuanto mayor sea el número de lanzamientos que se han llevado a cabo.
Si la cantidad de lanzamientos fuera infinita, veríamos que la probabilidad de obtener un resultado (cara o cruz) es 1/2. En la vida normal es usual la equiparación de los términos frecuencia y probabilidad, incluso cuando el número de experiencias sea exiguo, y hasta con una única experiencia. Pero la conducta de una partícula, en el dominio cuántico, es substancialmente aleatoria. No obstante, es predecible el comportamiento medio de un número muy grande de partículas idénticas.
El Principio de Incertidumbre sostiene que es imposible conocer simultáneamente y con exactitud la posición y el momento lineal de una sola partícula. Un objeto cuántico no puede ser observado sin que éste cambie.
Lo anterior, que es válido en el campo de las partículas sub-atómicas, no lo es, obviamente, en el así llamado “macrocosmos”. La observación a simple vista, o con telescopio, de un cuerpo celeste (pongamos la Luna), y la opinión que se tenga sobre el mismo, no hace mella en dicho objeto, claro que no. Por otro lado, la observación y la opinión generalizada que tenga el público acerca de un valor monetario, es capaz de incrementar o reducir su cotización. El poder de la mirada del observador sobre el objeto observado, constatable en la mecánica cuántica y en la economía de mercado, rige también para el mundo psíquico: cualquier individuo que se sienta observado, y juzgado en consecuencia, alterará su conducta en procura de orientar el juicio en algún sentido ajeno a su comportamiento natural. De tal modo, todo supuesto “trabajo interno” en equipo, estará condicionado por dicho fenómeno. Igual que en el mundo cuántico, también en el psíquico “no se puede observar nada sin afectarlo”.
La enseñanza del despertar y el trabajo interno
Volveré a recrear la experiencia sectaria que mejor conozco, por haber participado en su organización; por haber ensayado sus propuestas y prácticas, y por el conocimiento que tengo de los resultados de éstas y del sujeto que las puso en circulación. Me refiero a las de la secta del doctor Rodríguez Cobos. Pero antes expondré resumidamente la fuente principal en la que se basó el mencionado doctor en los inicios de su estrambótica andadura: esta es, la enseñanza del georgiano George Ivanovitch Gurdjieff, cuyos seguidores lo consideraron un filósofo, un maestro y un “gran despierto”. Lamentablemente, el accidente que acortó su vida terrenal, sufrido por este “maestro” en 1924, cuando conducía su vehículo por una carretera de Francia, acaeció por haberse quedado dormido.
Es significativo este hecho, más que nada porque Gurdjieff se preciaba de ser un hombre superior; un hombre número 7, en posesión de la conciencia objetiva, de acuerdo con la estrafalaria agrimensura de la psiquis que él mismo había establecido. Según dicha prospección, cuasi espeleológica, los seres humanos se dividían en “mecánicos”, “concientes”, y “supraconcientes”. Los “hombres mecánicos”, también llamados “hombres ordinarios”, eran los números 1, 2 y 3, y todos ellos vivían en estado de semi-sueño; seguidamente venía el hombre número 4. El hombre número 4 era aquel que había tomado conciencia de su mecanicidad y quería despertar; era el que ingresaba a una “Escuela” (dicha “Escuela” no podía ser otra que la del señor Gurdjieff). A fuerza de trabajar sobre sí mismo, de sobre-esfuerzos vegetativos, motrices, emotivos e intelectuales, y de pagarle a su “maestro”, el hombre número 4 tal vez arribaría al nivel 5, el de aquellos que tenían “conciencia de sí”. Faltaban dos pisos todavía para llegar al penthouse: el número 7, aquel que ya ostenta el grado de “supraconciente” y jamás lo podrá perder. El hombre número 7, el de la conciencia objetiva, según decía Gurdjieff, sería inmortal dentro de los límites del sistema solar. El hombre número 7 gozaba del estado de “despierto” y no actuaba bajo los designios de la “ley del accidente” contrariamente a los números 1, 2, 3, 4 y hasta el 5. Como ya he señalado, el accidente de Gurdjieff tuvo lugar por haberse quedado dormido.*
*Existe abundante bibliografía sobre Gurdjieff, sus ideas y enseñanzas. También hay unos cuantos libros escritos por él mismo. Todos ellos poseen abundancia de información y pintoresquismo. No así calidad literaria; menos aún rigor intelectual. De humor, ¡ni hablemos! Claro que no se puede pretender todo al mismo tiempo.
Algunos libros sobre Gurdjieff y su enseñanza: Psicología de la posible evolución del hombre P. D. Ouspensky (Hachette, Buenos Aires); Fragmentos de una enseñanza desconocida P. D. Ouspensky (Hachette, Buenos Aires); Comentarios psicológicos sobre las enseñanzas de Gurdjieff y Ouspensky Dr. Maurice Nicoll (Kier, Buenos Aires); Nuestra vida con el Sr. Gurdjieff T. De Hartmann (Hachette, Buenos Aires); Idiotas en Paris J.G. & E. Bennett (Thassàlia, Barcelona)
Libros escritos por Gurdjieff: Relatos de Belcebú a su nieto (Hachette, Buenos Aires); Perspectivas desde el mundo real (Hachette, Buenos Aires); Encuentros con hombres notables (Hachette, Buenos Aires).
Además de estos esquemas hay muchos otros, como que existen en el ser humano un centro vegetativo, otro motriz, otro emotivo, otro intelectual, y por último, un centro denominado intelectual superior, el cual sólo es activado por aquellos que han alcanzado la conciencia objetiva y la consiguiente inmortalidad dentro de los límites del Sistema Solar. Aquellos que han llegado a tan envidiable nivel, ya no estarían sometidos a la ley del accidente, como la humanidad ordinaria, pues serían capaces de conducir sus propias vidas: tendrían destino. Todo lo relativo a los centros, niveles de conciencia, y demás nociones de la enseñanza de Gurdjieff, está profusamente explicado con abundancia de gráficos. Todo muy esquemático y escolar, por algo se trata de una “escuela”.
Todo este peripatético delirio, incluyendo la teoría de que la luna chupaba energía humana, fue adoptado por el doctor Rodríguez Cobos y empleado a fondo en la primera década de su empresa sectaria. Actualmente, en la secta que él montó no se habla de Gurdjieff (hace muchos años que se dejó de lado al gurú georgiano), sus miembros tampoco consideran estar en una “escuela”, como era en los primeros tiempos del siloísmo. En la actualidad, la secta de Rodríguez Cobos emplea la pantalla de un partido político al que denominó “Humanista”, como si todos los otros partidos fuesen ajenos a los intereses y aspiraciones de la humanidad. A lo largo de la trayectoria de la secta, Rodríguez Cobos fue sacando de la manga espejuelos de muy diversas formas y colores. Fue reemplazando a unos por otros y, simultáneamente, fue cambiando las diferentes pantallas. Incluso se editan revistas de tosca factura, cuyo único objeto es invitar a ejercer el periodismo a los jóvenes: una vez establecido el contacto se les habla del Partido Humanista (ver http://www.humanoidex.com/javier.html ). Para entender esta metódica tramposa quizá sea necesario conocer las técnicas de venta que ciertos mercachifles callejeros utilizan en las ciudades de Sudamérica. Se trata de los vendedores de “la víbora”, cuya estrategia mercantil se basa en captar la atención del público con un elemento llamativo, el cual nada tiene que ver con lo que después ofrecerá en venta. El mercachifle callejero deposita en la vereda una culebra vistosa e inofensiva y se pone a gritar “¡No me pisen la víbora! ¡Por favor, no me pisen la víbora!” Obviamente, los viandantes se sienten atraídos por tan exótico reclamo, de modo que hacen una ronda en torno a la culebra y el vendedor. Cuando éste considera que ya ha nucleado suficiente público, guarda al reptil en su canasta y saca su verdadera mercancía, tal vez un juego de peines y cepillos para el pelo, acaso un milagroso quitamanchas.
En el caso del mercachifle político-espiritual Rodríguez Cobos, entre los señuelos que mostró y volvió a esconder para reemplazarlos por otros, estuvo la existencia del “doble” (algo así como “el cuerpo astral” que puso de moda Lobsang Rampa), la esperanza de la inmortalidad, la promesa de alcanzar la condición de superhombres, la ilusión de los superpoderes, los cursos de relajación, los cursos de autoconocimiento, la imposición de manos, la alquimia, la astrología, la meditación trascendental, la filosofía fenomenológica, etcétera. Entre la iconografía hubo cruces esvásticas, la serpiente de ourobouros, mandalas, círculos y triángulos, y en los últimos tiempos, la cinta de Moebius.
IMPOSICIÓN DE MANOS
La moda de imponer las manos, abarcando con las palmas la cabeza del “imponible”, y en ocasiones pronunciando la frase: “para ti la fuerza, para ti la vida”, la inició Rodríguez Cobos alrededor de 1972, por la misma época que daba a conocer su texto La mirada interna y ponía en circulación la teoría del doble, o energía desdoblada: una suerte de “fantasma” personal que, en base al trabajo interno que le daría coherencia, supuestamente podría independizarse del cuerpo después de la muerte. Para dar prestigio intelectual a dicho “fantasma”, le confirió el título de “campo estructurador de forma”, ya que “aura” a secas parecía poco serio. Hacía por lo menos una década que aparecían los libros de Lobsang Rampa que daban cuenta del cuerpo astral y demás fantasías. Por aquellos años el doctor R. Cobos trajo a colación los experimentos realizados con la célebre cámara de Kirlian, pergeñada por el matrimonio ruso que así se apellidaba. Dicho aparato, que actualmente se vende en el mercado de la magia por el módico precio de 60.000 pesetas (http://www.arrakis.es/~layuli/kirlian.htm) junto con biblias e instrumentos idóneos para cazar fantasmas, estuvo muy de moda entre los círculos esotéricos y espiritistas. Poco después se estrenó la divertida película Los cazafantasmas. Sin embargo, hoy se sabe que el tan mentado “aura” corporal que aparentemente fotografía la camara Kirlian, tiene más relación con el calor que irradian los seres vivos que con cualquier otra cosa (infrarrojos: la radiación del espectro luminoso que se encuentra más allá del rojo visible y posee mayor longitud de onda).
En cuanto a las imposiciones de manos, últimamente relacionada con el Reiki, no deja de tener cierto efecto placebo cuando quien impone y quien es impuesto creen en la escena que representan. Sin tanto ceremonial, se sabe que también suele ser muy curativo el acto de acariciar animales, sobre todo perros y gatos, cuando el acariciador siente afecto por ese ser vivo. Más todavía cuando dicho afecto es correspondido. Al respecto, hace tiempo que los médicos geriatras no desconocen que los ancianos que tienen un animal de compañía viven más y más sanos que aquellos que se encuentran solos.
De todos estos contactos entre seres vivos, nada mejor que el de acariciar y recibir caricias de un semejante al que amamos. Nada mejor salvo la misma cópula con el ser amado. En tal sentido, lo que vulgarmente se denomina “un buen polvo”, supera con creces los reikis y las imposiciones de manos. Claro está que los pobres que juegan a la imposición de manos las más de las veces no tienen a su alcance “un buen polvo” con una persona de verdad amada. Es lástima. Pues entonces… ¡A comprarse un lindo perro!
Antes de meterse a imponer manos, antes de inventar el Partido Humanista y de hacer uso de la cinta de Moebius, el tal doctor Rodríguez Cobos empezó su montaje sectario con el apodo de “Silo”, que todavía conserva. Sus discípulos más cercanos, le dicen “Negro”, que es un mote popular en Argentina, pero en los últimos tiempos él se da a conocer como doctor Rodríguez Cobos. Así que yo recurro a dicho título la mayor parte de las veces que me refiero a él, y si no dejo de llamarlo “doctor” es porque de verdad ostenta ese título, que le fue concedido honoris causa por una Universidad rusa. En los primeros tiempos de su secta dicho doctor despreciaba los títulos académicos, quizá porque entonces no tenía ninguno, pero ahora que es doctor, no pierde ocasión de hacerlo notar. Doctor, sí doctor, como el doctor Caligari, aquel que tenía un gabinete; el doctor Frankenstein, el mismo que creó un simpático monstruo (¿habrá creado un monstruo el doctor Silo? , ¿será dicho monstruo la secta que él comanda?); el doctor Jekyll, que se convertía en mr. Hyde, y el Sr. Doctor, tal el título de la película de Mario Moreno, cantinflas, rodada en 1965. Alguien podría argüir que los doctores anteriormente citados son todos de ficción… ¿Qué clase de doctor es el doctor Rodríguez Cobos, que eligió como emblema de su partido político a la cinta de Moebius e hizo a un lado círculos, triángulos, serpientes y esvásticas?
Con respecto a la utilización de la cinta de Moebius, cabe hacer algunas consideraciones. Para quien no esté al tanto, conviene aclarar que la banda creada por August Ferdinand Möebius en 1927, representa un perfecto modelo de geometría no euclidiana, sobre todo en su aspecto paradójico. Se trata de una superficie de una sola cara que se puede confeccionar experimentalmente con una tira rectangular de papel, uniendo sus lados después de haberle dado media vuelta. Este modelo presenta características notables, ya que si se traza una línea por su centro, el resultado es una raya continua por ambas caras, y si se corta la cinta a lo largo de dicha raya, el resultado no será de dos cintas entrelazadas, sino una sola con tamaño duplicado. Al repetir el experimento, tendremos como resultante dos cintas entrelazadas, proceso que se puede repetir indefinidamente, obteniendo como producto un mayor número de anillos.
Lo importante de esta figura es que representa una total paradoja y un desafío a la imaginación. Es, en lo geométrico, el equivalente a esa paradoja consistente en escribir sobre una de las caras de una tarjeta en blanco: “el aserto del reverso es verdadero”, en tanto que en el reverso se escribe: “el aserto del reverso es falso”. Así, quien tenga en sus manos dicha tarjeta, probablemente dará vuelta a la misma una vez y otra, casi hasta alcanzar el sueño del movimiento continuo. Dará muchas vueltas tratando de resolver una paradoja que no se deja abordar por la lógica convencional.
Otra paradoja interesante es la de Groucho Marx, quien pregona que jamás podría hacerse socio de un club en el que lo admiten a él.
Este largo rodeo viene a cuento para mostrar que no es extraño que el humor sea tan cercano al espíritu de la paradoja y tan ajeno al lenguaje esquemático de las sectas. Yo participé en la secta de Silo durante diecisiete años, organicé grupos, escribí folletos y libros sectarios, y no sé si ese pasado candor me absuelve o me condena, sólo quiero decir que nunca encontré en ese ámbito fanático un verdadero sentido del humor: sólo esquemas y un lenguaje cuadriculado. En lugar del espíritu del humor, que se pone en marcha cuando alguien empieza riéndose de sí mismo, y luego sigue riéndose con los amigos, había sí mucho sarcasmo agresivo de los unos contra los otros y del doctor R. Cobos contra sus propios secuaces. Cuando me alejé de la secta, y después de unos años expresé mi opinión crítica, recibí a cambio insultos e indignación. Lo cierto es que ellos dicen estar constantemente indignados con todo el mundo. Nunca encontré en tales respuestas otra cosa que oleadas de odio militante, ni una pizca de humor, nada de una posición distante y autocrítica, como la que cabe esperar de aquellos que pretenden vivir en perpetua vigilia y altos niveles de conciencia. Las respuestas respondían a los mismos esquemas que utilizan en su propaganda para captar conciencias angustiadas (captar, vocablo relacionado con captura; captar: obtener cautivos). Por supuesto, no había en tales respuestas el menor atisbo de inteligencia paradójica. La única paradoja está en que ahora quieran identificarse mediante la utilización de la cinta de Moebius.
Igual que en la doctrina de Gurdjieff, en los primeros tiempos la “escuela” siloísta recurrió hasta el hartazgo al lenguaje del “despertar”. El esquema de los niveles de conciencia: sueño profundo, semi-sueño, vigilia ordinaria, conciencia de sí, y, por último, conciencia objetiva, fue utilizado a discreción. Era una época en la cual estaba en auge la consigna de “despertar”, de la cual echaban mano sobre todo grupos de influencia nazi, como la Guardia Restauradora Nacionalista, en Argentina (”¡Despierta Argentina!”, era su lema), y en otras partes la secta denominada Nación Aria, las que igualmente coqueteaban con el ideal del súper hombre y recurrían alternativamente a los esquemas de Gurdjieff, Madame Blavatsky, la antroposofía de Rudolf Steiner, y la narración inconclusa El monte análogo, de René Daumal.
La actividad destinada a captar adeptos era absorbente e incesante. Continua siéndolo. Los miembros activos se desviven por conseguir gente que participe en sus grupos a fin de poder ascender en el escalafón jerárquico de la secta. En el siloísmo siempre se consideró de vital importancia el crecimiento cuantitativo. “Los números”, como suelen decir ellos mismos. Es sabido que una ideología o doctrina no es más o menos valedera por la mucha o poca cantidad de sus seguidores, pero en el Siloísmo no parecen pensar así. Sin embargo, “los números” que declaran son tan virtuales como los cambios internos que fingen experimentar los siloistas: como los integrantes deben aportar cierto dinero a las campañas financieras del “movimiento”, los que tienen grupos inflan los números y pagan de su bolsillo las cuotas de sus fantasmagóricos integrantes. Todo sea por ser promocionados. Everal Rimbald lo explica muy bien:
“Lo más importante era alcanzar un determinado número de miembros participantes activos en el interior de la organización. El resultado fue triste: no se llegó ni a la mitad, incluso haciendo uso de un recurso que nunca pasó de moda entre la mayor parte de los miembros del movimiento: inflar los números, o sea, si usted es miembro, puede contar también a su padre, madre, esposa, hijos, abuelos por ambos lados, el gato, el perro, el/la amante y su familia. Tuvimos oportunidad de conversar con personas que vivían a cientos de kilómetros de los centros de actividad, quienes entraban en este censo final, ya que hablaban con alguien de los antiguos círculos con cierta frecuencia, telefónicamente, por cinco minutos cada tres meses”.
La propaganda y el lenguaje siloísta es ciertamente esquemático y cuadriculado, y cuando el doctor R. Cobos pretende parecer intelectualmente sutil, cualquier espíritu avisado detecta muy pronto las intenciones captativas del sujeto. Incluso cuando R. Cobos pretende ponerse “trascendental” y, a imitación del gurú Maharishi, le da por disertar sobre “Meditación Trascendental”. Asistí a sus conferencias sobre el tema. Vale la pena transcribir una de sus respuestas antes de hacer los pertinentes comentarios.
Pregunta [de un asistente]: “… dicen que algunas drogas […] posibilitan rozar estados similares a los que podríamos imaginar como propios de la conciencia objetiva, o que aparecen al menos claramente diferenciados de los crepusculares. ¿Puede ser cierto esto en alguna medida? […] considerando paralelamente que de hecho alteran la estructura de la conciencia, ¿sería legítimo inferir que bajo condiciones especiales resultarían útiles al proceso de evolución consciente?”
Respuesta [de R. Cobos]: “…nosotros reconocemos la diferencia entre lo crepuscular y lo consciente, o más allá de lo consciente, precisamente en eso mismo que pone la palabra “conciencia”. Tengo conocimiento y cons-ciencia de lo que a mí me sucede y puedo controlarlo, o a mí me sucede no sé qué cosa y no lo puedo controlar. Cuando rozo, por alguna de esas causas que hemos enunciado, esos fenómenos de tipo paranormal […] debo preguntarme si ellos entran dentro del ámbito de mi conciencia, si yo los gobierno, si yo los entiendo, o si a mí me pasan. Si a mí me suceden y yo no tengo control alguno sobre ellos, digo que esos fenómenos tienden al campo de lo crepuscular. Si por el contrario yo los manejo, los desarrollo, los oriento, los controlo, digo que pertenecen al ámbito de mi conciencia y por encima de mi conciencia [en la transcripción impresa dice indistintamente consciencia y conciencia]. Simplemente en eso establezco diferencias.
” […] Les digo […] que el problema mayor de este asunto radica en la facilidad que hay para ponerse en contacto con cierto tipo de fenómenos. Con la droga o la autohipnosis es tan módico llegar a ellos, cuesta tan poco trabajo, que me parece advertir por esa vía mayor facilidad que por la vía ascendente por así decir. Si tuvieran que elegir, cien personas normales preocupadas por ampliar su conciencia, entre estas historias de meditación o cosas por el estilo y una pildorita, imaginan ustedes que a favor de nuestros planteos no ganaríamos más del 10 %. No hay duda en la elección. Pero esa mayoría, ¿lograría el manejo y evolución de la conciencia o quedaría estancada en chisporroteos a merced del fenómeno? […] ese tipo de experiencia, aparte del hábito físico que puede provocar, habitúa sicológicamente por los beneficios que se reciben frente al escaso esfuerzo que se hace. De ese modo, se desvincula el sujeto de toda otra posibilidad. ¿Qué trabajo se va a tomar en otra búsqueda si ya tiene todo esto a mano? Por esa vía se limita, aunque haya contacto […]
Es difícil adivinar a que se refiere el doctor R. Cobos cuando habla de estados que van “más allá de lo conciente”. Es difícil adivinarlo, y más difícil aún es saber cómo puede percibirse con la conciencia un estado que está “más allá de lo conciente”. ¿Y si no se percibe con la conciencia, de que clase de fantasmagorías se está hablando? Otra parte del discurso cobosiano que destaca muy pronto es la pretensión de controlar la conciencia. En el ideologema siloico-cobosiano, igual que en 1984 de Orwell, siempre se halla presente la voluntad de “controlar”. Es paradójico y contradictorio que se hable al mismo tiempo de relajación y control, conductas tan contrarias la una de la otra. Pero el punto en que con mayor fuerza se revela la contradicción siloica-cobosiana es aquel en que el doctor Rodríguez Cobos, refiriéndose a los fenómenos de conciencia dice: “Si a mí me suceden y yo no tengo control alguno sobre ellos, digo que esos fenómenos tienden al campo de lo crepuscular. Si por el contrario yo los manejo, los desarrollo, los oriento, los controlo, digo que pertenecen al ámbito de mi conciencia y por encima de mi conciencia”. Y la contradicción que revelan estos párrafos surge de la metódica siloica-cobosiana, consistente, entre otras prácticas, en infundir a los adeptos “paquetes” de valores y códigos morales y de conducta cotidiana, lo cual se lleva a cabo mediante lecturas y cintas grabadas cuyo contenido, llamado “experiencias guiadas”, desarrolla un discurso adoctrinador, para lo cual se trata de poner a los practicantes en estado de relax profundo.
Si acaso es cierto que ciertas drogas producen “chisporroteos” en los que queda estancada la conciencia, no menos prisionera quedará ésta al subordinarse a otra voluntad que le transfiera un código de valores.
Determinados sistemas de “meditación”, o de invocación a elevados poderes, tan practicados en sectas como la Asociación Hare Krisna, las iglesias cristianas, las congregaciones judías y tantas otras devociones establecidas, consistentes en recitar mantras, vocalizar cánticos, musitar oraciones y entonar alabanzas (sobre todo si al mismo tiempo se pasan las cuentas de un rosario), no son otra cosa que procedimientos hipnóticos cuyo fin es grabar en la mente del adepto el código de fidelidad a la secta. Un “mantra”, palabra que proviene de los vocablos en sánscrito man: “mente” y tra: “liberar”, pretende tener la función de, justamente, liberar la mente de ansiedades y preconceptos. Pero es curioso que se pretenda barrer de la mente unos contenidos para embutir en la sesera del adepto contenidos nuevos. Según la doctrina de la Asociación Hare Krisna, ni siquiera es necesario entender qué se dice para que un mantra cumpla su función. Según ellos, el simple sonido del cántico ya logra modificar al practicante. Así, el famoso mantra cuya letra dice: om namoh bhagavate vasudevaya krishnas tu bhagavan svayam om namoh narayanah, cuando es repetido numerosas veces a lo largo del día, de la semana y de los meses, tiene por la sola fuerza de su sonido, el poder de “liberar” la mente del adepto. Si suplantamos el verbo “liberar” por “condicionar”, es casi seguro que los de Hare Krisna tienen mucha razón.
No es imprescindible acudir a la metódica de los Hare Krisna para reconocer el efecto subyugador de tales métodos. La publicidad comercial, que con tanta vitalidad se afana en el occidente capitalista, ya lleva casi un siglo utilizando jingles, primero radiofónicos y después también televisivos. En todos los países de libre mercado, sin excluir los orientales, como Japón, Indonesia, Malaisia y también India, resuenan en los correspondientes idiomas las alabanzas a la “chispa de la vida” y todo lo que aplaca la sed. En todos los países capitalistas la radio y la televisión repiten muchas veces a lo largo del día el mantra que aconseja comprar un automóvil mejor que el del vecino, un perfume que seduce al otro sexo y un yogurt que afina la silueta.
El discurso de los mantras no tiene porque ser racional. Es más, conviene que no lo sea, como este otro, también de los Hare Krisna:
Om ajñana-timirandhasya jñanañjana-salakaya caksur unmilitam yena tasmai sri-gurave namah
“Nací en la más oscura ignorancia, y mi maestro espiritual me abrió los ojos con la antorcha del conocimiento. A él le ofrezco mis respetuosas reverencias.”
Nama om visnu-padaya krsna-presthaya bhu-tale srimate bhaktivedanta-svamin iti namine
“Ofrezco mis respetuosas reverencias a Su Divina Gracia A.C. Bhaktivedanta Swami Prabhupada, quien es muy querido por el Señor Krisna debido a que ha tomado refugio a Sus pies de loto.”
he krisna karuna sindho dina-bandho jagat-pate gopesa gopika-kanta radha-kanta namo ’stu te
“¡Oh mi querido Krisna, océano de misericordia! Eres el amigo de los afligidos, el Señor de la creación, el amo de los pastores de vacas y el amante de las gopis especialmente de Srimati Radharani. Te ofrezco mis respetuosas reverencias.”
tapta-kañcana-gaurangi sri radhe vrindavanesvari vrisabhanu-sute devi pranamami hari-priye
“Ofrezco mis respetos a Srimati Radharani, cuya tez es como el oro fundido y quien es la Reina de Vrndavana. Ella es la hija del rey Vrisabhanu y es muy querida por el Señor Krisna.”
Vancha-kalpa-tarubhyas ca kripa -sindhubhya eva ca patitanam pavanebhyo vaisnavebhyo namo namah.
“Ofrezco mis respetuosas reverencias a todos los devotos vaisnavas del Señor, quienes son como árboles de deseos, capaces de satisfacer los deseos de todos y que están llenos de compasión por las almas caídas.”
(jaya) Sri-krisna-caitanya prabhu-nityananda Sri-advaita gadadhara Srivasadi-gaura-bhakta-vrinda
“Sri Caitanya Mahaprabhu está siempre acompañado por Su expansión plenaria (Sri Nityananda Prabhu), Su encarnación (Sri Advaita Prabhu), Su potencia interna (Sri Gadadhara Prabhu) y Su potencia marginal (Srivasa Prabhu). Él está en medio de Ellos como la Suprema Personalidad de Dios.”
Hare Krisna Hare Krisna Krisna Krisna Hare Hare Hare Rama Hare Rama Rama Rama Hare Hare
En la secta del doctor Rodríguez Cobos no se cantan mantras orientales, pero se invoca a una suerte de guía “el “Guía Interno”" con atributos de “bondad, sabiduría y fuerza” y se infunde un discurso llamado “guía del camino interno”, que a la postre no difiere demasiado de esas ilustraciones católicas en las que se representa un camino que conduce al infierno y otro que lleva al paraíso. En el “camino interno” siloico-cobosiano la dirección correcta, para no caer en la confusión y la oscuridad, coincide con las directivas morales del jefe de la secta. Así, los adeptos que permanecen, se consuelan de su dependencia psicológica imaginando que los desertores, críticos y “contras” acabarán en la locura y la confusión mental.
Cuando el doctor Rodríguez aduce que las drogas tienden al campo de lo crepuscular, por el hecho de que el consumidor no controla el fenómeno, ni los maneja, ni los orienta, oculta que la inducción propagandística etiquetada como “experiencias guiadas”, “trabajos con la fuerza”, sesiones catárticas y también las que se conocen como “transferencias”, todas prácticas de las que él dotó a su secta, son tanto o más condicionantes y esclavizantes de lo que podrían llegar a ser muchas de esas drogas, y esto sin tomar en consideración la posibilidad de que ciertos alucinógenos consigan provocar en algunos individuos experiencias que funcionen como disparadores de búsquedas llevadas a cabo con mayor libertad y ausencia de control externo.
Porque si de verdad existiese alguna posibilidad de cambio en la forma mental del ser humano. Si fuera real que la meditación y el así llamado “trabajo interno” permiten ascender en los niveles de conciencia, ello solo sería factible a través de un trabajo no condicionado ni influido por contenidos ajenos a quien realiza la búsqueda. Esto es así porque el individuo debe advertir que tiene en su interior un universo que él sólo puede y debe descubrir. Cualquier invasión de objetos mentales externos al operador tan sólo tendrá el propósito de esclavizarlo a un nuevo sistema condicionante. En tal sentido, habrá que reconocer que ciertas sustancias psicoactivas al menos no vienen con discurso incorporado.
Otro factor importante a favor del “trabajo interno” desligado de cualquier organización, secta, religión o partido, es el hecho de que dicho “trabajo” no está sujeto a ritmos impuestos desde afuera. No hay voluntarismo fascistoide ni forzamiento alguno de la voluntad, y en todo caso el experimentador más que “trabajar” puede decirse que “juega”. Todo intento de cambio interior sólo podría llegar a ser efectivo cuando el operador siente que juega con total libertad. Cambio interior y “trabajo” son términos que se contradicen. El trabajo, al que están condenados los hijos de Adán, que deben ganar su pan con el sudor de la frente, siempre ha sido un factor de esclavitud y una expiación de la culpa. Sólo el juego es liberador.
La experiencia totalizadora
Cuando en páginas anteriores tocaba el tema de la IDENTIDAD, obvié profundizar en un aspecto relacionado con ésta, y que resulta fundamental, el de la ENTIDAD. La “identidad”, identitas, -atis, en relación con la “entidad”, entitas, -tatis, lo que, supuestamente, constituye la esencia o sustancia de una cosa. El ENTE, el SER.
Según postula el poeta y crítico de arte Raúl Santana, la cristiandad conquistó el Imperio Romano por su desprecio a las cosas mundanas. El emperador, dueño de ejércitos, reinos, territorios y esclavos, todos entes susceptibles de ser poseídos, se encontró frente a un puñado de indigentes, esclavos y ciudadanos de segunda categoría, que no respetaban ni ambicionaban dichos entes. Estos cristianos seguían las palabras de su Maestro: “Mi reino no es de este mundo”. De golpe el emperador se encontró con una doctrina que no tenía aprecio por sus entes, una doctrina que les quitaba todo valor, como se lo quitaba a todos los objetos materiales. Una doctrina que solo valoraba lo celestial, aquello que no era de este mundo.
Ahora bien, si la teoría de Santana fuese cierta, ésta avalaría la idea de que toda identidad está ligada a la estructura de entidades, de entes, que la conforma. Aun cuando la teoría de Santana sea discutible (yo no la comparto en su totalidad), no se discute que el emperador se define como tal por los entes de que dispone y le son reconocidos como de su pertenencia: sus ejércitos, sus reinos, sus territorios, sus esclavos, y demás. Ésa, y no otra, era la identidad del emperador en cuanto emperador. Viene ahora a mi memoria el día en que la directiva de una compañía de aviación me presentó a un embajador. “Mucho gusto; embajador de Costa Rica”, me dijo el hombre, y sólo después de esto me dio su nombre y apellido.
Anécdotas aparte, lo cierto es que lo que llamamos “yo” no es otra cosa que una intricada red compuesta por incontables “mís”: Mi padre, mi madre, mis hermanos, mis parientes, mi casa, mi barrio, mi patria, mi escuela, mi trabajo, mi ropa, mis libros, mi coche, mis preferencias, mis rechazos, mis afectos, mis ideas, mis gustos, mis amores, mis odios, mis tristezas, mis alegrías, mi cuerpo, mi nacimiento, mi vida, mi muerte… Todos estos “mís” son objetos mentales, y cuando uno de ellos sale de mi existencia, como objeto físico, persiste como objeto mental. He perdido a mi madre y a mi padre, pero ellos están en mi memoria, aparecen en mis sueños, los evoco a lo largo del día, los menciono en mis conversaciones. Ellos perduran como objetos mentales y conforman una parte de mi identidad.
Hay otros entes cuya presencia permanece, son aquellos por los que me identifican los demás: “Ah, sí, es el tipo que tiene una moto”; “Es el que está casado con…”; “Es el que escribió el libro aquel…”; “Sí, es uno que estuvo en una secta…”
Si perdiera la totalidad de los entes que me conforman, perdería la ilusión de identidad. Perdería la ilusión del yo. Pero dichos entes no sólo son materiales. Están aquellos otros que llamo “mentales”.
Mi diferencia de criterio con Raúl Santana se basa en que yo no considero “entes” sólo a los objetos de consistencia material: tierras, esclavos, ejércitos… También son entes, formadores de la ilusión de identidad, los objetos mentales; esos objetos que operan en mi consciencia y no pueden ser detectados desde el exterior: mi punto de vista sobre mi propio pasado, mi imagen del futuro, los sentimientos por los demás… Ahora bien, si estos objetos son mentales, y no materiales, como en cambio sí lo son mi moto, mis amigos y mis parientes, también estos son objetos mentales. Yo pienso a mi moto, la recordaré por un tiempo si me es robada, tengo alguna clase de sentimiento por ella.
En realidad, todos los objetos, todos los entes, son a la postre mentales. Si no lo fueran no les daríamos valor. Así pues, cuando alguien supone que después de la desorganización de la materia orgánica sostenedora de su “identidad” (esa ilusión conocida como “muerte”), su alma irá a parar a un reino que no es de este mundo, dicho reino es también un objeto de su consciencia: un objeto mental que configura su ilusión de identidad.
Los reinos ajenos a este mundo también son entes. Suelen ser los entes preferidos de aquellos a quienes les cuesta acceder a los más apetitosos entes de ESTE mundo.
Pues bien, cuando alguien pierde un ente parece que pierde una parte de su identidad. Puede ocurrir con un ser querido o con el desengaño por un ideal o creencia enraizada. Claro que la ilusión del yo es muy vital y ella es la que presta dinámica a la vida y al psiquismo, de modo que ante la pérdida de cualquier ente el individuo procura reemplazarlo cuanto antes. Mientras ello no sucede, y sobre todo si el ente perdido es un ente muy apreciado, el individuo experimenta un estado de carencia. Cierto desequilibrio interior que es conocido como angustia.
Así, la pérdida de entes y la aparición de otros nuevos, van modificando lo que damos en llamar identidad. No es raro el temor de perder todo, y, en consecuencia, ser despojado de la identidad: dejar de ser. Claro está que el mismo temor a la pérdida no deja de ser otro objeto mental más, el cual contribuye al mantenimiento de la ilusión de identidad. Pero lo cierto es que para la mayoría, la pérdida de todo se relaciona en gran medida con la muerte.
Esa es la imagen ilusoria de la muerte, pero no proviene de la experiencia de la muerte.
Aquellos que hemos tenido el privilegio de poder asomarnos a la experiencia de la muerte, sabemos que se trata de otra cosa. Para el que teme morir, la muerte se produce al quedarse sin entes: sin respiración, sin vida. No obstante, para el que ha VIVIDO la experiencia de la muerte, ésta es otra cosa: La muerte no consiste en que a uno le arrebaten las cosas, sino en ser “quitado” de ellas. Uno es “arrancado” del mundo de los entes. Uno es “arrancado” de sus objetos materiales e imaginarios. Uno es “arrancado” de sus seres queridos y despojado de toda ilusión. No se van de uno las cosas, es uno el que se va de las cosas.
Hay un momento, en la experiencia de la muerte, en el que conoces por primera vez el significado de la palabra “soledad”. Ese es el momento en que puedes caer en el pánico y buscar con desesperación cualquier objeto al que aferrarte, o bien puedes contemplar con mirada benévola esa soledad infinita, esa absoluta ausencia de objetos, y comprender entonces que ahí está el final de tu búsqueda, y que ése es el objeto total, el mismo que buscaste durante toda tu vida. Si hay un regreso de dicha experiencia, el recuerdo de ese objeto total se hace imborrable. Lo acompaña una sensación imposible de transmitir, como tampoco puede describirse el sabor de un alimento desconocido para otros paladares.
Después de dicha experiencia da lo mismo una u otra identidad. Después de dicha experiencia todo es juego. Hasta los más agrios enconos se experimentan como juegos. Quizá como el juego de tenis: los ataques del contrincante son saques de pelota de éste. Tus ataques los vives como meras travesuras.
Lo anterior, sin duda, no tiene nada que ver con la fanfarronada del doctor R. Cobos, que aparece en su folleto La mirada interna: “Morir no es mejor que vivir o no haber nacido, pero tampoco es peor.”
La incongruencia de este sofisma sólo se aprecia desde la óptica del absurdo, pues es imposible “no haber nacido”. ¿Quién es el que hace este falaz cálculo sino aquel ha nacido y está en el mundo de los vivientes?
Con muchísima menos gracia, tal contradicción conceptual posee la misma lógica del celebrado chiste de Groucho Marx sobre no ingresar en un club donde lo acepten como socio. Da vergüenza verse obligado a señalar la obviedad de que para morir es requisito indispensable haber nacido previamente. Por otro lado, para muchos seres conscientes, el verdadero sentido de la vida está dado, más que por cualquier otro factor, por el hecho de su finitud. Pero bueno, en el plano de las reflexiones relativas a la existencia, la no existencia, la vida y la muerte, ¿qué más puede decirse después de estos versos del Rubayat, de Omar Jayam?:
“Cuando hayamos partido sin dejar ningún rastro / el sol no cambiará sus leyes ni sus ciclos; / ya vivió sin nosotros innumerables siglos / y no para deleitarnos luce su ardiente astro.”
(Trad. De Juan Goytisolo).
Después de tanto que se ha escrito y dicho sobre la vida y la muerte, sobre la existencia y la no-existencia (”Así la existencia sugiere la no-existencia”, dice el Tao Teh King), en la banal reflexión del doctor R. Cobos se descubre su elemental ingenio imitativo, tan adecuado para captar adeptos receptivos a los razonamientos esquemáticos y de fácil digestión. Otro tanto ocurre con esta otra perogrullada de pretensión moral: “Trata a los demás como quieres que te traten”, un torpe plagio de la recomendación cristiana: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Pero, en un nivel más burdo, una adecuación de la solicitud que aparece en tantos retretes para uso público: “Deje este lugar en el mismo estado en el que le gustaría encontrarlo”.
He aquí otra parida de La mirada interna:
“Sé cómo te sientes porque a tu estado puedo experimentarlo, pero tú no sabes cómo se experimenta lo que digo. Por consiguiente, si te hablo con desinterés de aquello que hace feliz y libre al ser humano, vale la pena que intentes comprender.”
La primera frase es indemostrable, pero cualquiera que la admita acepta al mismo tiempo una relación despareja. Está consintiendo la altura omnipotente de un señor que presume de conocerlo, sin que el objeto de conocimiento pueda alcanzar a saber cómo opera el instrumento supuestamente conocedor.
A partir del momento en que esta jerarquía del saber es aceptada, se ponen en funcionamiento los mecanismos del mando y la sumisión que justificarán la existencia de una organización cerrada y eclesiástica. Ahora bien, desde esta perspectiva, resulta evidente que el doctor R. Cobos no pretende transmitir una enseñanza útil sino fundar y capitanear una organización de índole sectaria cuyos miembros tengan absoluta disponibilidad. Desde ese punto de partida no será difícil orquestar un partido político, un mensaje eclesiástico, una organización cultural, o todo eso al mismo tiempo.
Claro que todos estos manejos sectarios no serían posibles sin la aceptación, de parte de los adeptos, de un previo sentido de la vida. Un sentido que estaba presente antes del nacimiento y que lo seguirá estando después de la muerte. Es para adaptarse a dicho sentido de la vida por lo que al adepto le conviene cambiar: supuestamente la única manera de hallar la felicidad.
Pero, visto de ese modo, el cambio, ese tipo de cambio, es una ilusión vana, un espejismo y una estafa.
Aquel que pretenda un cambio profundo debe saber que hay una estructuración de la materia inorgánica y una estructuración aun más compleja de la materia orgánica. Tal estructuración, como todo lo existente, se halla sometida a cambios, pero al mismo tiempo pervive una consistencia de base que asegura la continuidad de la existencia. La naturaleza es persistente y en dicha persistencia reside su coherencia, su fuerza y su poder. Si esto no fuera así, las estructuras orgánicas serían como gases de poca densidad. La más débil brisa las haría desaparecer.
Con su propia dotación genética, el psiquismo de cada ser humano no está fuera de las leyes de la naturaleza. Por todo ello no hay posibilidad de un cambio radical con prescindencia de métodos químicos o quirúrgicos. Todo intento de cambio cosmético es una pérdida de tiempo (de momentos de vida) y energía. Todo intento de cambio profundo, como el que procura la consecución de quimeras es teratológico y acarrea el peligro de destrucción del organismo.
Todo esto no quiere decir que debamos someternos a la arbitrariedad de la naturaleza, pero tampoco lleva a buen puerto la fascistoide y voluntarista actitud que intenta ignorarla. Con la naturaleza lo mejor es hacer las paces y ponerla dulcemente de nuestro lado. Es sorprendente cómo la naturaleza gusta de dejarse seducir por las buenas artes.
Así pues, si hablamos de cambios, el mejor cambio empieza con la dulce aceptación de uno mismo. Uno mismo, sin engorrosos andamios, sin guías internos ni guías externos, sin “orientadores” y sin maestrillos con sus librillos. Eso es ya un gran cambio. Seguidamente, habrá que ver cuál puede ser la manera más adecuada de cambiar nuestras circunstancias y ampliar la visión que se tiene de las cosas, y hacerlo sin “mantras” y sin recomendaciones morales. Sin libreto previo. Sin la locura de entregar la vida por una “causa grande”, con la esperanza de resucitar en un Paraíso hipotético. Todo ello sin dejar de aprovechar la propia dotación síquica y física.
Sobre todo, habrá que partir de la base de que no hay un sentido previo a la existencia, pues cada cual tendrá que darle su propio sentido a cada cosa y a la totalidad de su vida. La vida no tiene sentido. No lo tiene antes de que entremos en la existencia. No lo tiene hasta que cada uno construye su propio sentido de la vida. Ésa es quizá la única posible experiencia totalizadora. Las otras son experiencias totalitarias.
Barcelona 25/11/01