Sociedades paralelas, cultura y política

por L. Osvaldo

Una característica común a la mayoría de las sectas, es que niegan serlo. Durante mi sombría etapa en el Partido Humanista, última pantalla de la secta de Mario Rodríguez Cobos, autodenominado “Silo”, se hablaba de sectas cada vez que se hacía referencia a los Hare Krishna, los Testigos de Jehová, Nueva Acrópolis y otros, pero era impensable decir que el conjunto humano devoto de Silo podía constituir una secta. Lo “políticamente correcto” era denominar a la totalidad del entramado como “Movimiento”.

Sí, “Movimiento”. Otras sectas recurren a rótulos diversos: las hay que se presentan como “religiones” o “iglesias”, como “sociedades”, etcétera. Como es de suponer, los miembros de dichas sectas, que no se aceptan como tales, no tienen el menor empacho en designar a los grupos ajenos con la calificación que rechazan para sí.

Son muchas y disímiles las acepciones que recoge el término “secta”. Se habla de sectas “destructivas”, de sectas “inocuas”, de sectas “económicas”, y más variantes. Veamos qué dice el Diccionario de la Lengua en sus tres acepciones:
1. f. Conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica.
2. [f.]Doctrina religiosa o ideológica que se diferencia e independiza de otra.
3. [f.]Conjunto de creyentes en una doctrina particular o de fieles a una religión que el hablante considera falsa. Del lat. secta.

Como se ve, cualquiera de las anteriores definiciones puede ser apropiada. Ninguna de éstas parece que pudiera ser ofensiva per se.

En algún momento del largo o corto proceso hacia su inevitable final entrópico, una secta puede aprovechar su manejable caudal humano para montar un partido político. De hecho, hubo partidos políticos que tuvieron sus raíces en sectas esotéricas y agentes pagados por el poder. El ejemplo más elocuente fue el Partido Nazi (NSDAP), creado por Hitler, que fuera agente provocador a sueldo del ejército alemán. Las raíces del nazismo se hunden en los grupos místicos arianistas, la teosofía, la sociedad Thule y el ocultismo de la revista “Ostara”. Rudolf Hess creía fervientemente en la astrología y el misticismo tibetano; el astrólogo y geopolítico Karl Haushofer, general de la Luftwaffe, fundador del Instituto Geopolítico Alemán y propulsor de que el III Reich necesitaba un “espacio vital” para sobrevivir (de cuyas teorías sobre la Lebensraum y el concepto de geopolítica oí numerosos comentarios laudatorios en boca de Silo), fue un mentor importante de Hess, Himmler y el mismo Hitler. (Más adelante volveré con mayores detalles sobre sectas protonazis.)

Como resulta obvio, en una sociedad más o menos abierta, con una democracia basada en la compulsa electoral, resulta mucho más presentable un partido político que una secta. Además, la pantalla de un partido político da acceso a espacios publicitarios y porciones de poder, que aun cuando fuesen proporcionalmente pequeñas, nunca resultan desdeñables.

El Partido Humanista es otro ejemplo, bastante más cercano en el tiempo, de cómo una secta, regida por un autócrata imbuido de falsa sabiduría, llega a formalizar la apariencia de un respetable partido político. Las coincidencias con el NASDP de Hitler no se detienen en el origen sectario de ambas agrupaciones: si bien los propósitos declarados del Partido Humanista no son racistas y éste se atribuye una ideología pacifista y no-violenta –instisto: los propósitos declarados; no me refiero a la estructuración interna y las relaciones piramidales entre sus miembros–, las fuentes primeras del siloísmo tuvieron muchos puntos en contacto con el nazismo: esoterismo, exaltación del superhombre, esvásticas, saludos de dudosa índole (”Salve al Superhombre”), y hasta grupos rotulados de modo harto ominoso: “Sagrada Orden de Kronos”, “Orden del Rayo Americano”, “Orden de Thule”. Esta última (que fuera comandada por el adlátere de Silo, Ernesto de Casas), como es dable comprobar, no disimula su parentesco con una de las principales sectas que incubaron al nazismo. Por otro lado, si bien es verdad que en el comienzo de su funesta carrera Hitler fue un agente pagado para desviar a las masas obreras de la influencia de la izquierda, nada prueba que Silo sea un instrumento de poderes ocultos o agencias paraestatales. Aunque a Rodríguez Cobos se le haya reprochado su cómoda neutralidad durante los años de la opresión ejercida en Argentina por Videla y otros generales genocidas, no existen constancias de que actuara por cuenta ajena. Claro está que en caso de que fuera un asalariado de la CIA –pongamos por ejemplo–, tampoco sería esto evidente en ningún caso. Casi ninguno de sus seguidores aceptaría tan insultante sospecha.

En lo que sigue del presente trabajo he de ocuparme de algunas sectas cuya importancia histórica, así como la calidad y coherencia de su composición sectaria, supera ampliamente a la comandada por Rodríguez Cobos. Ésta podría encuadrarse en el sector “lumpen” de las sectas, y si bien hago referencia a la misma en numerosas ocasiones, ello se debe al hecho de que es la única que conozco internamente al haber participado en sus montajes durante diecisiete años. La secta de Silo aparece en la presente exposición como un botón de muestra. Mi actuación en ella y las tareas de dirección de grupos que asumí durante la misma, se han de tomar como lo que en antropología se denomina “trabajo de campo”.

* * *

Para muchos, la proliferación de sectas y sociedades secretas de cuyas actividades dan cuenta las crónicas de sucesos es fenómeno reciente, pero estas entidades, siempre entrelazadas con el tejido social, existen desde el albor de la historia. Sus escándalos urticaron la piel de la humanidad bienpensante una y otra vez. He aquí dos ejemplos: A finales del siglo XVIII las prácticas de los Skopzi (castrados, en idioma ruso) eran moneda corriente; la secta, fundada por el moscovita Kondradtij Selivanov en 1771 captaba sus adeptos entre la aristocracia y la alta burguesía, su principal fundamento religioso radicaba en el ideal de la liquidación de la especie mediante la castración. Sus reuniones mezclaban el éxtasis místico con el sadismo y extrañas prácticas sexuales. En el mismo siglo una secta de sino contrario, los Multiplicantes, se consagraba casi exclusivamente a los placeres venéreos como una forma de encontrar a Dios: se trataba de traer muchos hijos al mundo. No obstante, la diferencia entre los escándalos del pasado y los actuales radica en la intensidad y amplitud de la información; lo que anteriormente quedaba reservado a la historia hoy pertenece al ámbito de la noticia global.

El sonado suceso de los casi mil muertos de la secta del “Templo del Pueblo”, en Guyana, en 1978; la tragedia de los “davidianos”, en Waco, que acabó con 80 muertos, en 1993; los 53 integrantes del “Templo Solar” auto inmolados en Suiza, en 1994, y otros acontecimientos recientes de parecidas características, no son tan significativos como lo aparentan; la más de las veces ocultan que son otras las sociedades paralelas (causantes de cambios y no sólo síntomas de los mismos), también llamadas sectas o sociedades secretas, las que se encuentran con frecuencia en las encrucijadas de la historia como generadoras de revolucionarias modalidades de percepción del mundo.

Masones y carbonarios

La masonería, como expresión ilustrativa de lo dicho, tuvo muy determinante peso en la política de la mayoría de las naciones occidentales, bajo su influjo actuaron Washington, Franklin y Jefferson, conspicuos masones responsables de la formación de Estados Unidos. Su ideario, impregnado de liberalismo y deísmo, estuvo en la base de la Declaración de Independencia. Esta sociedad también tuvo una importante actuación en la Revolución Francesa, habida cuenta que en 1787 había en Francia unos 80.000 masones (477 de los 605 diputados de los Estados Generales) y dio origen al lema “Libertad, Igualdad y Fraternidad”. Masón fue el mismo doctor Guillotin, cuyo apellido sirvió para nombrar su ominoso invento: la guillotina (que rebanó los cuellos reales, el de Robespierre y el del propio Guillotin).

La masonería, bajo la forma de la logia “América”, fundada en Londres por Miranda, y la logia “Lautaro” en el Río de la Plata, igualmente impulsó las independencias de las repúblicas americanas: Bolívar y San Martín fueron masones. La bandera de Brasil refleja el ideal masónico bajo el lema “Orden y Progreso”.

Los carbonarios, fueron otra sociedad paralela cuya acción tuvo gran importancia en la historia de Europa y en la formación y unidad de la República Italiana. Creada en Italia meridional a principios del siglo XIX, echaron mano del simbolismo católico preexistente (se consideraba a Cristo como primer carbonario y a San Teobaldo como patrón). Actuaron en España aprovechando el Trienio Revolucionario (1820-1823). Comuneros y masones se les opusieron. Los carbonarios participaron en la revolución parisina de 1830 y en los disturbios de los Estados Pontificios en 1831. Más tarde, sociedades más abiertas como la Joven Italia de Mazzini, y otras sociedades secretas, como La Charbonnerie transformée de F. Buonarroti, abrieron camino a sociedades populares, como los sansimonianos.

Sectas orientales

Con frecuencia, las sociedades paralelas emplean un doble lenguaje: el interno, reservado a los “iniciados”, oficiantes, y cuadros de conducción, llamado mensaje “esotérico”, y el discurso “exotérico” –prácticamente de propaganda, oportunista y casi siempre falso. Así, el lenguaje empleado en la propaganda del Partido Humanista, no tiene nada que ver con el que se usaba en la formación de los grupos “duros” que constituyeron dicho partido. En las bases de entrenamiento siloísta, el término “humanista” se usaba despectivamente para acusar a cualquier participante de ser “blando”–. Sí, un discurso “esotérico” y un discurso “exotérico”, este último destinado a sus militantes de base y público en general. Las verdaderas intenciones habrán de buscarse en el “lenguaje esotérico”. Esto es lo que no siempre tiene en cuenta, el Diccionario Enciclopédico de las sectas, del clérigo católico Manuel Guerra Gómez (Biblioteca de Autores Cristianos, 1998), que da por buenos los datos brindados por las propias sectas. Es un volumen de casi 1000 páginas, que pese a su cuantiosa información no llega a ser verdaderamente “enciclopédico”, en el sentido de abarcar la totalidad de la materia que pretende tratar: aunque exhaustivo en lo tocante a los numerosos desgajamientos del tronco cristiano, lo es menos cuando trata de sectas y religiones orientales. Por otra parte, la información está larvada por un incesante y tendencioso bombardeo de opinión. Claro está que, perteneciendo a una de las sectas en pugna (aunque Manuel Guerra niega, mediante enrevesados sofismas, que la Iglesia sea otra secta), es difícil permanecer neutral. Es natural: todas las sociedades, secretas o públicas, recientes o añejas, luchan entre sí por imponer su imagen del mundo, su weltanschaung.

Y a propósito: cuando en julio de 1999 el Gobierno comunista chino emprendió una enérgica campaña contra la organización Falun Gong, autodenominada taoísta y tildada de secta por sus adversarios, estuvo claro que más que de una operación política se trató de una maniobra de defensa cultural. La organización, o si se prefiere la secta, Falun Gong, es al taoísmo lo que el Partido Comunista de China lo es al marxismo. Ambas sectas, la detentadora del poder y la marginal (aun cuando numerosa), hacen flamear banderas virtuales, sin relación con sus esencias y fines verdaderos. El marxismo de cartón piedra de los herederos de Mao es harto conocido, pero no así el falso taoísmo de los seguidores de Li Hongzhi, portador de un mensaje sincretista, acusado de predicar el fin del mundo y de haber cambiado su fecha de nacimiento para que coincidiera con la de Buda. En realidad el Tao, o sea “el camino”, doctrina que, se dice, comenzó con Lao Tzu y tiene su principal testimonio escrito en los aforismos que éste habría reunido en el Tao Teh King, es lo contrario a cualquier fanatismo y a toda acción enérgica contra un poder establecido. El Taoísmo predica el espíritu de la no-acción, dentro del cual –dice el Tao The King– todo se cumple.

El hecho viene a demostrar una vez más que en la base profunda de cualquier choque de poderes ampliamente representativos –no simplemente de camarillas o de personalidades– subyace una pugna por el predominio de determinado discurso cultural. La política, entendida con visión panorámica, la que intenta cambiar o reafirmar arraigadas creencias de los pueblos para orientar la historia en un sentido dado, tiene base cultural, entendiendo como cultura incluso el discurso social y el religioso. Sí, en el transcurso de los siglos, con frecuencia fue una sociedad paralela el brote que dio comienzo a una nueva etapa histórica.

Esto los chinos lo saben muy bien; desde tiempos remotos distintas sociedades secretas lucharon con el poder o se instalaron en él. Estas sectas tenían sus mandatarios y sus cobradores de impuestos. Los señores feudales eran a veces miembros notorios de la secta. Cuando después de “La Larga Marcha”, durante la guerra contra Chang-Kai-Sek, los comunistas se establecieron en la región de Yenan, optaron por la arraigada práctica de los rebeldes chinos. Al fundar una suerte de principado lejos del alcance del gobierno central, y utilizarlo como base, no hicieron más que seguir una táctica consagrada. Aunque afirmaban ser marxistas, sus métodos de pensamiento y de propaganda no diferían de los empleados por las sociedades secretas.

Hubo en China sectas pacíficas y también belicosas, como la del “Loto Blanco”, la más antigua y durante siglos la más profundamente enraizada, cuya influencia, aunque ya agónica, todavía perdura en Hong Kong, Taiwan y las comunidades chinas de Filipinas e Indonesia. El Loto Blanco nació cuando un puñado de hombres se reunió en torno al monje budista Hua Yin, en el año 380 de la era cristiana. En 1133 era una secta poderosa dedicada a derrocar al Emperador. Cuando los mongoles invadieron China luchó contra ellos. Estaba al mando el monje Chu Yuang-chang, que en 1368 se convirtió en el emperador Hung Wu, fundador de la dinastía Ming.

Cultura: la literatura budista y la taoísta tienen importantes exponentes, como Li Bai (700 dC) que participó en un golpe de estado promovido por su secta. De su obra se conservan un millar de poemas: (la música del vacío es bella / aunque prefiero oír el lamento de los monos negros, / Aun así estoy lejos / de las cosas mundanas). Otro poeta, Su Shi (1037-1101) se interesaba por el hermetismo taoísta y el budismo chan (zen). El primer libro impreso del mundo, datado en el 868, que se conserva en el Museo Británico, es una traducción del sánscrito al chino. Se trata del texto canónico budista Sutra del Diamante, La influencia de la literatura budista en la literatura clásica china fue decisiva.

En Oriente, el fenómeno no es privativo de China; la secta moonista, fundada en 1954 por Sun Myung Moon en Corea del sur, ha llegado obtener un poder económico y político tan grande que se la considera muy influyente en determinados gobiernos de todo el mundo.

Japón es un ejemplo de cómo las sociedades secretas, ya sean laicas o religiosas, tienden a hacerse sociedades públicas e influyen en el desarrollo de culturas y civilizaciones. No nos referimos a sectas vesánicas y minoritarias, como la llamada Oumu Shinrykyo (en castellano “Verdad Suprema”), que en marzo de 1995 mereció la primera plana de los diarios por el atentado con gas sarín en el metro de Tokio, sino a las que poseen una larga tradición y cientos de miles de seguidores. Sectas cuyo creciente predominio podría cambiar las estructuras del país y, de hecho, siempre han influido en la historia de la nación nipona. Es el caso de la secta budista Nichiren Shoshu fundada en la Edad Media (1253) por Nichiren, un monje budista formado en la escuela Tendai –nombre que en Japón recibe la secta budista Tien Tai–. Tras la muerte de Nichiren, el monje Nikko (1246-1333) asumió el gobierno espiritual y consolidó la idea de que el fundador era un Buda.

Las ideas radicales de Nichiren Shoshu son que la verdad oculta de esta secta prevalece sobre la de cualquier otra; que la repetición del mantra (verso sagrado) “Soy yo el poder Supremo” puede traer la salvación, y el objetivo de que la secta se extienda por Japón y el mundo, ya que se reconocen como la única religión verdadera. Al margen de los grandes credos, Nichiren Shoshu es uno de los movimientos místicos más numeroso. Con tal respaldo humano ha formado un partido de métodos autoritarios y objetivos expansionistas: el komeito (”Partido de la Limpieza”), brazo político del Soka Gakkai (”Sociedad para la creación de nuevos valores de la vida”), fundada en 1930 por Makiguchi Tsunesaboro y Toda Josei. En 1943, el gobierno japonés prohibió las reuniones el grupo y encarceló a Makiguchi, que murió en la cárcel tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Toda Josei reorganizó la asociación y, en 1951 inició una agresiva campaña destinada a extenderla por Japón. Utilizó para tal fin el periódico Seikyo Shinbum y un libro titulado Shakubuku Kyoten (”Manual de la conversión forzada”) en el que se resumía la ideología del Soka Gakkai. Según Makiguchi es necesario redefinir los valores tradicionales de la cultura japonesa y clasificarlos según su eficacia para hallar en ellos lo provechoso, lo bello y lo bueno, y así conseguir la felicidad del pueblo. En la vida diaria son importantes los beneficios de naturaleza económicos. El Soga Gakkai postula la necesidad de un estrecho vínculo entre el Estado y la religión, ya que –sostienen– la situación social y política de un país está relacionada con la religión. El método Shakubuku (Conversión forzada), legitima la utilización de cualquier sistema para convertir al profano (incluidas las amenazas y la extorsión).

A la muerte de Toda, en 1958, el movimiento continuó expandiéndose bajo la dirección de Ikeda. A comienzos de los años 90 contaba con ocho millones de adeptos en Japón y quinientos mil en el extranjero, procedentes en su mayor parte de las clases trabajadoras japonesas. Aunque oficialmente esté separado de Soka Gakkai, se considera que el Komeito, que pretende lograr la regeneración moral de la política en la nación nipona, es la tercera fuerza política del país.

Las sociedades paralelas expansivas, cuya influencia sacude las bases del sistema social nipón no son sólo las religiosas. Un grupo laico es el Zenkyoto que en la década de los setenta tenía un fuerte ascendiente marxista y movilizó la organización paralela Zengakuren, nutrida con cientos de miles de estudiantes, en protesta contra el sistema educativo y el económico social, para ellos representado por los Zaibatsu (potentísimos grupos económico-familiares, parangonables a la Krupp en Alemania, directamente implicados en la política militar y colonialista del Imperio antes y durante la Segunda Guerra). Los objetivos Zengakuren, entre otros, fueron el señor Soichiro Honda; la familia Toyota, Morita Akio e Ibuka Masaru, actualmente principales accionistas de Sony Corporation, y la Bolsa de Tokio.

Zenkyoto y los Zengakuren fueron acusados de troskistas, pero sus raíces se hunden en la secta budista-sintoísta Yama To, semillero de artistas como Kanô Masanobu (1434-1530), fundador de la escuela que lleva su nombre, y los primeros pintores literatos japoneses cuya predilección por la monocromía de la tinta les acerca a la pintura zen, o sen-ga. Artistas como Ekaku Hakuin (1685-1768) y Gibon Sengai (1751-1837), que unas veces son incluidos dentro de esta escuela, y otras son considerados pintores zen por el hecho de ser monjes budistas.

En Japón hay sectas de todas las tendencias, y no podían faltar las sociedades fascistas, como el grupo paramilitar y ultra nacionalista “Sociedad del Escudo”, fundado en 1966 por el famoso (y talentoso) escritor Mishima Yukio, como derivación de la Organización Tojo do, espeluznante mezcla de nazismo y sintoísmo. Mishima, homosexual violento apasionado por el código Samurai y el fisiculturismo, se propuso tener un destino heroico y colmado de belleza, erotismo, dolor y muerte; se hizo el haraquiri en 1970, después de ocupar con sus adeptos el estado mayor del ejército nipón.

Ocultismo pardo

Pero, como ya señalé en el principio de este trabajo, el nazismo es un viejo frecuentador del ocultismo. El discurso racista de Hitler estuvo abonado por prédicas de sectas anteriores a su campaña por la toma del poder, como, aparte de las ya nombradas, la Orden Germánica, la Iglesia Cristiana de Jesucristo de la Nación Aria, el Orden Ario, y, vuelvo a insistir: sobre todo la Sociedad Thule,. La Sociedad, o también Orden Thule, estaba empeñada en encontrar el Santo Grial y ponerse en contacto con una hipotética “Hermandad Blanca” del Tibet.

No todas las sectas en las que abrevó el nazismo fueron germánicas, como no lo es la Teosofía, fundada el pasado siglo por la estrambótica Madame Blavatsky. En la teosofía algunos ideólogos nazis procuraron hallar bases teóricas para sus fantasías raciales. El mismo Rudolf Steiner, un alemán que estuvo cerca de la teósofa Annie Bessant y que al disentir con ésta creó su propia escuela, la Antroposofía, nunca fue nazi. Sin embargo, Steiner se hizo notar por sus dogmáticas aseveraciones sobre la naturaleza racial de la historia y sus tesis para la reorganización jerárquica de la sociedad. No obstante, también estuvieron influidos por el mensaje alucinado de la Blavatsky intelectuales y artistas como Lawrence, Maeterlinck, Yeats, Kandinsky, Mondrian y Conan Doyle. Aunque rechazada por el mundo académico, la doctrina teosófica de esta mujer tuvo gran difusión al término del siglo XIX y en las primeras décadas del XX., así lo prueba el testimonio de Gandhi, que en 1890 era estudiante en Londres. Gandhi declara en su autobiografía: “me llevaron una vez a la Logia Teosófica Blavatsky y me presentaron a la Sra. Blavatsky y a Annie Bessant. Esta última se había unido hacía poco a la Sociedad Teosófica y yo escuchaba con mucho interés las discusiones sobre su conversión […] Recuerdo haber leído, siempre por sugerencia de mis amigos teósofos, La clave de la Teosofía de la señora Blavatsky. Este libro estimuló en mí el deseo de leer más sobre la religión hindú y me demostró cuán injusta era la tesis de los misioneros que consideraban que esta religión estaba llena de supersticiones”.

Las sectas y sociedades paralelas, como casi todo, nunca son concebidas sin referentes anteriores. Unas sectas derivan de otras o se inspiran en postulados que tuvieron cierto éxito previo. Así, la teosofía en sus inicios estuvo relacionada con el espiritismo. Entre los defensores de los fenómenos metapsíquicos que expone el espiritismo figuran escritores eminentes o científicos, como Víctor Hugo o sir Oliver Lodge.

Las huellas de las sociedades paralelas en el mundo de la cultura son numerosas. Algunos autores nunca lo disimularon, como el poeta y novelista francés René Daumal, discípulo del exótico gurú caucasiano G. Gurdjieff, –también lo fue la escritora neozelandesa, Katherine Mansfield, considerada una de las figuras principales de la narrativa inglesa de principios de siglo (ambos murieron de tisis, ambos alrededor de los 35 años; Daumal en 1944, Mansfield en 1923)–. Las poesías de Daumal al principio lo acercaron al movimiento surrealista, del que se distanció para derivar al misticismo de Antonin Artaud. Llevó a cabo experimentos literarios “místico-espiritualistas”, como sus poemas titulados Poésie noire, poésie blanche (poesía negra, poesía blanca, 1945), que hacen referencia a la idea de que “la poesía, como la magia, es negra o blanca, según sirva a lo infrahumano o a lo sobrenatural”. Daumal es autor de Le mont analogue (El monte análogo), novela inacabada en la que alegoriza la búsqueda espiritual del hombre.

Sectas y poder

Volviendo al ámbito político; las sectas son ocasionalmente utilizadas por algunos gobiernos (y viceversa). Nelson A. Rockefeller, en un informe ante el presidente Nixon, en agosto de 1969, sostenía que tras el Concilio Vaticano II “la iglesia católica ha dejado de ser un aliado de confianza para USA y la garantía de estabilidad social en el continente (sudamericano)”, por lo que insistía en “la necesidad de sustituir a los católicos por otros cristianos en América Latina”, “apoyando a los grupos fundamentalistas cristianos (protestantes) y a iglesias tipo Moon y Hare Krishna” [Revista Afaires & Money, Nº 129, Nueva York, abril de 1972]. En esta clase de planteos se han apoyado aquellos que, sin pruebas de ningún tipo, pretenden conferir un papel similar a Silo en Argentina, sobre todo después de la creación del Partido Humanista.

En 1982, un general, el evangelista José Efrain Ríos Montt, se hizo con la presidencia en Guatemala merced a un golpe de estado; desde el poder concedió numerosas prerrogativas a su confesión.

En México, el hasta hace poco oficialista (PRI), muy influido por la masonería, ha sostenido, frente al catolicismo, a sectas nacionales y multinacionales, como la llamada Dianética. También en Estados Unidos, sectas fundamentalistas cristianas dotadas de gran capacidad económica y potentes medios de propaganda audiovisual, han demostrado enorme capacidad de influencia sobre los grandes partidos (en especial el Republicano) y sobre el diseño de vastas estrategias políticas.

Principales referencias bibliográficas:

Diccionario Enciclopédico de las Sectas. Manuel Guerra, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, 1998.

El mandril de madame Blavatsky, Peter Washington, Destino, Barcelona, 1995

Zengakuren, Stefano Bellieni y Bernard Béraud, Feltrinelli, Milano, 1969.

Mao Tse-Tung, Robert Payne, The Viking Press, New York, 1950

La revanche de Dieu, Gilles Kepel, Éditions du Seuil, París, 1991

Las religiones constituidas en Asia y sus contracorrientes. 2 volúmenes, Henry-Charles Puech (Madrid: Ed. Siglo XXI. 1981

Historia de las sociedades secretas: movimientos iniciáticos, sectas y órdenes espirituales. R. Calle (Madrid: Temas de Hoy, 1996).

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